Cuando me ha tocado trabajar en clases con ese género desbordado que es la crónica periodística, me voy hacia los lados de la ficción con un relato de Hernán Casciari, llamado “10.6 segundos”. A mi modo de ver ese cuento, es el mejor registro que se ha escrito sobre el significado profundo del llamado “Gol del siglo” marcado por Diego Armando Maradona ante Inglaterra hace 35 años en el mundial de México 86.
En ese mismo juego “el Pibe de Oro” ya había perpetrado el legendario gol de “la mano de Dios”. Y con ambos hizo gritar ¡gooool! a todos los hinchas de la descolonización y el antiimperialismo en el planeta entero. Fue el día en que “el mago” hizo que el fútbol no fuera indiferente al mundo, convirtiéndolo en acto político en escasos 10.6 segundos.
La fórmula de apelar a la literatura para aprehender la realidad no es nueva. Es conocido el comentario de Carlos Marx a Engels sobre la obra literaria de Charles Dickens, con la que “había proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos”. No creo que exista un texto que dé cuenta sobre aquel portento como lo hace la metáfora de Casciari, al elaborar en clave periodística, segundo a segundo, cada descalabro, cada derrota personal que va quedando inerme sobre la hierba por el resto de la existencia al paso de aquella voluntad indetenible de 1,65 metros de estatura que a los 26 años también estaba construyendo su propio relato.
En cuartos de final “el Pelusa” no solo marcó ese gol, humillando al equipo inglés, sino que dejó marcado para el mundo un símbolo de rebelión irreductible en plena década perdida. “Sí hay alternativa” tenía que ser el mensaje de Maradona para Margaret Thatcher, con las Malvinas y la zurda de Dios en el corazón. En esos 10,6 segundos a todos nos importó el fútbol por culpa de ese muchacho incorregible, tan descortés con Buckingham y todos los demás palacios globales.
El texto de Casciari se encuentra fácilmente en su blog: https://hernancasciari.com. Hay que volver a leer ese golazo narrativo tan genial como el gran crack de las disidencias que fue Maradona dentro y fuera de la cancha, delantero irreductible hasta en la palabra, que no perdonó ni al Vaticano ni tuvo la pretensión de ser ejemplo para nadie.
El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad Erich Fromm, El arte de amar
Hay un pasaje de La mandolina del capitán Corelli –aquel film romántico de John Madden ambientado en una bucólica isla griega durante la nada bucólica Segunda guerra mundial– que siempre me ha cautivado por su belleza dramática y hondura filosófica, a la vez que por su emotividad, sencillez y concisión exquisitas. Se trata de un diálogo entre el viejo Iannis (John Hurt) y la joven Pelagia (Penélope Cruz) a propósito del amor, poco después de que el padre advirtiera que su hija se sentía intensamente atraída por el convaleciente huésped de la casa, el forastero Antonio Corelli (Nicolas Cage), un apuesto y simpático oficial de las tropas de ocupación italianas más preocupado por cultivar la música que por servir al Duce. He aquí el pasaje en cuestión:
Enamorarse es una locura transitoria. Irrumpe como un terremoto, y luego desaparece. Y cuando desaparece, tienes que tomar una decisión. Tienes que averiguar si tus raíces y las de él se han o no entrelazado de tal forma que resulta inconcebible que alguna vez vayan a separarse. Porque en eso consiste precisamente el amor. El amor no es arrebato, no es excitación, no es el deseo de tener sexo a cada instante del día. No es quedarse en vela durante la noche imaginando que él está besando cada parte de tu cuerpo. No… no te sonrojes. Sólo te digo algunas verdades. Eso simplemente es estar enamorado, y cualquiera de nosotros podemos convencernos de estarlo. El amor en sí es lo que queda cuando la pasión se ha extinguido. No suena muy excitante, ¿no es cierto? Pero lo es.
La película está basada en la homónima novela del escritor Louis de Bernières, donde la conversación, en su segunda parte, es un tanto diferente:
[…] El amor no es arrebato, no es excitación, no es hacerse promesas de pasión eterna. Eso solamente es estar «enamorado», y cualquiera de nosotros podemos convencernos de estarlo. El amor en sí es lo que queda cuando la pasión se ha extinguido, y eso es tanto un arte como un golpe de fortuna. Tu madre y yo lo tuvimos, tuvimos raíces que crecieron bajo tierra unas hacia las otras, y cuando todas las flores bellas cayeron de nuestras ramas éramos un árbol y no dos.
El amor de pareja, aunque implica eros, lo trasciende. Siempre. No está más acá de la pasión primigenia del enamoramiento sino más allá, como un desenlace posible pero jamás inexorable. Amar es habitar en las antípodas del egoísmo. Es un coexistir desinteresado, un coexistir cuyo fin es la coexistencia misma. No se ama «para». Simplemente se ama, o no se ama. El amor es praxis, no poiesis, pues su finalidad es intrínseca: el amor. Y al ser praxis, tampoco es pura abnegación. No se trata de un altruismo principista. No es inmolarse por un ideal abstracto. No es la mera satisfacción de cumplir con un deber autoimpuesto. Es la felicidad concreta de dar y darse, la dicha cotidiana de estar con otro, de vivir con otro y de ser-con-otro. Es, en suma, agape.
La «panacea» del amor no radica en la capacidad de eternizar (¿embalsamar?) el momento fundacional del enamoramiento –quimera disparatada que está haciendo estragos en estos tiempos posmodernos– sino, todo lo contrario, en la capacidad de superarlo dialécticamente, es decir, de trascenderlo conservando aquello que puede y merece ser conservado, e incorporando aquello que puede y merece ser incorporado. Como en la vida misma, cuyo devenir también es «espiralado».
El amor no es sólo el fuego de la pasión, ni tampoco es sólo las brasas que quedan cuando las llamas se apagan. Es todo lo que se quiso hacer con ese fuego, y todo lo que se quiere hacer con esas brasas. A veces poco, otras mucho. Cuestión de voluntad –la propia y la de quien amamos–. El amor es una construcción, no una fatalidad. ¿La pasión? Apenas una oportunidad.
El agape no es (no se reduce al) eros. Es, más bien, algo que se puede hacer con el eros y, a la vez, más allá del eros. Con el eros para no perderlo totalmente, y más allá del eros para superarlo integradamente. Como hacen la vida con el pasado y el pensamiento con los recuerdos.
Apareció luego de largo tiempo que la banda no sacara un disco de estudio nuevo. Llega una incorporación joven y rutilante para reconfigurar el trío de rock poderoso. Desde muy pequeño el baterista conoce e interpreta la discografía completa de la banda.
El corte “Amapola del 66” le da el nombre al disco, nos transporta claramente a esa época. El sonido puro de los instrumentos nos recuerda a Led Zeppelin y su distorsión. Ese sonido que después tendrán las bandas en Argentina durante los 70: Vox Dei, uno de los homenajeados en varios recitales por Divididos.
La letra llena de metáforas que nos traen naturaleza y el recuerdo de las tierras del Norte argentino, que Divididos ha tomado como patria natural y cultural.
“Siembra poesías de sueños de ayer que trasciende al ser”: esas letras del rock en sus primeras versiones nos recuerdan conceptos filosóficos acerca del Ser y la Nada y la trasmutación de la naturaleza que no alcanzamos a ver en nuestra corta vida. Una canción que es un viaje de poesía y sonidos que nos lleva al pasado pero no nos deja ahí. No es una reedición, es la redención.
“Amapola del sesenta y seis, ¿en qué cuerpo estás hoy? Un alma viaja al sol”, suena en una versión en vivo de un tema del Flaco Spinetta que traduce esta frase: ese espíritu de los 60 sigue estando en otros cuerpos o se siente en el aire.
Divididos en este disco y, sobre todo, en esta canción, incorpora imágenes acústicas y los instrumentos nos transportan a otra época. Se despoja de lo ornamenta. Divididos vuelve al origen con bríos renovados.
“Todo está vivo, a pesar del dolor”: existir es parte de atravesar situaciones dolorosas, o estamos vivos porque aún nos duele. Un verso hermoso para guardar en la mente y paladearla, dejarse llevar por la poesía y el rock en su máxima expresión.
1. Esto sucedió hace un tiempo. Posiblemente todos conozcan la escena. La relato, igualmente, porque la encuentro una cifra precisa de lo que quiero señalar. Sucedió en el programa de televisión “Intratables”. El conductor Santiago del Moro, en uno de sus cortes abruptos, pasa de hablar con el abogado Burlando a darle la palabra a una señora de la Villa 31. Del Moro la ve morocha y le pregunta si es inmigrante. Ella continúa hablando sobre la Villa, pero Del Moro entiende que debe resolver el dilema: “¿Cuál es tu origen?”. La mujer responde que es salteña. Del Moro padece de una incomprensión absoluta; balbucea: “Perdón, pero pensé que eras de otro país”. Dejemos de lado saber qué significa ese “pero” lastimoso en su enunciado. Vamos a lo que nos interesa: ¿de dónde surge la ignorancia de encontrar a alguien morocho, con rasgos indígenas, esa cara de argentino/a convencional para cualquiera que viva en un barrio popular, como un extraño? Para los Del Moro, la cara de un “inmigrante”. La mujer, sin embargo, entiende muy bien la violencia clasista del conductor y contesta: “Se olvidan que nosotros los argentinos somos kollas”. El balbuceo invade nuevamente a Del Moro, que solo puede preguntar: “¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo?”.
2. En la Argentina “no hay indios”, pero no hay odio más visceral que la puteada contra el color de piel: negro, negro de mierda, indio, alta carucha, negra catinga. Como es parte del repertorio de los negros, también se fue inventando la construcción “negro de alma”. Y si en el odio a su propia piel, acaso, se presenta el triunfo duradero de los valores coloniales, cuando el pueblo convierte a una persona en ídolo popular, tiene lo indígena en su jeta como identidad de clase: Perón, Monzón, Atahualpa Yupanqui, la Negra Sosa, la Mona Jiménez, para nombrar algunos. En el fútbol, desde ya, abundan (y con la camiseta de Boca): Maradona, Tévez, Riquelme. Entre la fugacidad tropical también brilló Ricky Maravilla. Pablo Lescano patentizó su 100% negro cumbiero. Los ídolos se construyen, necesariamente, en la posibilidad de homologación con sus seguidores.
3. La clase media ha hecho de su tipo el universal argentino. Esta ignorancia tan cara a su identidad construye una epistemología que puede comprobarse de manera extendida en diversos sectores medios y suele unir a izquierda-derecha en la comunión hogareña del pasado que reza que bajamos de los barcos. El Estado nación como tal se construye (y digámoslo: se sigue construyendo) contra el mundo americano; el traspaso del origen solariego de “El payador” (1916) de Lugones al origen babélico (pero ante todo blanco) de la clase media antiperonista, en la década de 1940-1950, solo fortalece el enunciado occidental, civilizador, clasista del Estado nación. Hoy esos mundos de sentidos se bifurcan en La Nación, que de manera anacrónica (pero operativa) defiende esa Argentina de conquistadores y presidentes aristócratas, y Clarín, que condensa de manera más efectiva porque incluye sentidos comunes de un sector más amplio de la población: la clase media inmigratoria. La limpieza étnica del gobierno Pro no fue casual: en él confluyeron las familias patricias que lograron su capital originario cortando pelotas de indios y confiscando tierras indígenas (los Braun y los Bullrich, por caso) con una burguesía parasitaria de origen inmigratorio que inventa un pasado de esfuerzo y sacrificio que nunca existió para ellos (claro, los Macri).
4. La cuestión de piel, raza, etnia, cuero, cara, olor, como quieran llamarlo, es una yerra colonial que nadie nombra pero todos vivimos. No hay violencia más perdurable que la ejercida por la policía, el ejército, los médicos, las maestras a quienes poseen esa marca. No diríamos que somos un país de indios aunque nuestras jetas no lo escamoteen. Sarmiento, con asco, lo escupió: “¿somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten!”. Digámoslo en las reversiones sarmentinas contemporáneas: caras de indios, de negros, de bolivianos, de tobas, de boliguayos, de kollas. Por eso, ¿somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! Hace un tiempo, una docente amiga me comentaba que estaba decepcionada con sus alumnos porque durante un acto del 12 de octubre no le dieron importancia al asunto: charlaban, se reían, se tiraban papelitos (lo que se hace, claro, en un acto escolar). Pero ella esperaba que esos alumnos, particularmente, se preocuparan por el tema ya que era un colegio de la periferia platense. Su pensamiento era el siguiente: son morochos, tienen que saber qué fue la Conquista. El acto escolar, sin embargo, atentaba contra toda filantropía educativa: en unas cartulinas mal pintadas descubríamos las carabelas y a los indios en taparrabos. Apuesto que esos jóvenes saben más sobre ser indios (sin siquiera interesarse por llamarse así: lo que vivirán, tal vez, como un insulto) que cualquier maestra que quiera explicarles los trazos de su historia. La colonialidad vive de una manera más violenta, cotidiana, real, que tres carabelas llegando en cartulina a una tierra pintada con crayones. Ellos no andan en taparrabos ni boleando guanacos ni preparando un malón, pero saben que la caza de indios continúa. Cada uno de esos jóvenes sabe que tener rasgos indígenas en la Argentina es ganarse una ciudadanía de segunda y un boleto en el primer patrullero que los encuentre fuera del barrio. Y su cuerpo sabe más que nuestras palabras.
5. Suele ser cómodo confundir la historia de uno con la del mundo. Posiblemente, si uno habla con un señor de clase media considerará natural decir que la Argentina es un país poblado por italianos, judíos, polacos y españoles. En cambio, los indios, los mestizos, los gauchos le parecerán cosas de libros, de westerns malogrados. Es posible que también repita, una y otra vez, cuando vea gente pobre y de facciones oscuras y angulares, la frase “negros de mierda”. Así la negritud se transforma en la pesadilla fantasmagórica de la clase media; no existen en cuanto a historia, pero existen en cuanto a peligro: negros chorros, negros cabeza, negros vagos. Son el peligro de malón, el latente temor al atentado de la propiedad, al orden establecido.
La historia nos muestra insistentemente cómo de los momentos más oscuros y funestos, nacen expresiones de resistencia, denuncia y esperanza. Quizás el rock solo haya sido eso, el canal de expresión de un malestar social generado, ya tradicionalmente, por los militares, en este caso, de la “Revolución Argentina”, a cargo del duro, conservador y bien peinado Juan Carlos Onganía.
Corría el año 1967: el jeans, la minifalda, el pelo largo, se imponían como estilos de moda revolucionarios; el “hippismo” se materializaba en una juventud antibélica y como cierre de ese fresco epocal, el rock hacía mover los cuerpos frenéticamente de la mano de los Rolling y los Beatles. Por esos años, Miguel Cantilo y Jorge Durietz pensaban que algo pasaba con los jóvenes, la música y las injusticias, y decidieron formar un dueto musical al que dieron en llamar Pedro y Pablo. Un poco por capricho, porque no se usaban los apellidos en esos años, un poco por la Biblia, dirá Miguel, y otro tanto por los dibujos animados que corrían en autos descalzos. Seguramente, el motivo del nombre pierde sentido ante la potencia expectorante de las letras de las canciones, que acumularon en dos discos y con las que se lanzaron a denunciar esos años. “Apremios ilegales”, “Los perros homicidas”, “Pueblo nuestro que estás en la tierra” y la ultraconocida “La marcha de la bronca” dan cuenta de eso.
Canciones que son himnos a la libertad, al amor y a la expresión. Esta canción, que nace en una época de represión social muy fuerte, se convierte en un símbolo de lucha para los tiempos que vendrán, no solo en la Argentina sino en todos los países donde la bronca se hace con los dedos en V. Siempre de forma pacífica pero con la bronca en la voz. Metáforas como el que tiene “el as de espadas”, en clara alusión al Ejército, pero también “el de bastos”, que se usa para reprimir. En la letra podemos encontrar un actante claro: el nosotros que se opone a un ellos. La juventud del momento siente que la sociedad adulta, hipócrita y pacata no les da la libertad más que “con fijador”. Todavía vemos los hilos que manejan “la marioneta universal”, los que ayer y hoy con palos nos dan una y otra vez; la represión, siempre la represión.
En tiempos de pandemia también roba el comerciante, los mercaderes, las cadenas de supermercados… Una canción escrita para su época y también para la nuestra. Pero por suerte también es una bronca con esperanza, está todo mal pero puede mejorar. Porque hay gente que ve las injusticias y las dice en “bronca que se puede recitar”.
Este 16 de junio se cumple el séptimo mes de la muerte del periodista mendocino Sebastián Moro en Bolivia. Moro era corresponsal de Página 12 y trabajaba en un diario de ese país. Fue de los primeros en denunciar el golpe de Estado de Áñez y compañía.
Desde el año 2018 se encontraba trabajando en diferentes medios de Bolivia afines al gobierno de Evo Morales. Sus escritos sobre la posibilidad del golpe y la dura situación de represión en el país vecino hacen pensar que Moro fue asesinado por su labor periodística. En la habitación donde fue encontrado faltaban la grabadora y la libreta del joven que se había especializado en dictaduras latinoamericanas.
El golpe de Estado en Bolivia fue el 10 de noviembre. El mismo día fue encontrado inconsciente en su casa, seis días después falleció. Tenía golpes, arañazos y un oído destrozado. El cuerpo de Sebastián Moro no tuvo autopsia.
Recientemente la familia presentó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). El cercenamiento a la libertad de expresión, la muerte y la tortura a los trabajadores del periodismo no es una práctica que haya quedado en la historia lejana de Latinoamérica.
Aquí el último artículo de Sebastián Moro: “Un golpe de Estado en marcha en Bolivia”.
Por Iván Daniel Tagarelli.- “Clímax” es otra de esas joyitas con las que nos sorprende Netflix de vez en cuando, no al nivel de “Parásitos” o “El Diablo a todas horas” (que para mí son de las mejores que han subido), pero sí como “Ya no me siento a gusto en este mundo” o el extraño western “Damisela”.
Es una película que molesta, y mucho. No es inmoral, pero sí amoral, que es la especialidad de Gaspar Noé. Con planos secuencias que son una obra maestra, totalmente matemáticos, con coreografías muy locas que rompen con todo lo que se había hecho en el género musical, aunque la película no es un musical propiamente dicho… Continúa leyendo “Clímax”: una película que incomoda y desespera
Por Carolina Elwart.- Perder el tiempo es una gran mentira, ni el tiempo nos pertenece. Pero bueno simulemos que sí y propongamos qué hacer cuando las ocupaciones que nos dan de comer y pagan las facturas nos dan un respiro.
Soy de las personas que lee como pulpo, dejo libros, series sin terminar, me dejo absorber por otras y dejo de vivir la vida rutinaria por una suspensión de la plusvalía. Podría encarar esta columna con alegatos de “vieja de lengua”: que la ortografía, que el conocimiento del mundo, que leer te hace mejor persona, pero quiero saltar los charcos e ir al meollo con una idea para nada original, ni mía. Intentamos distraernos de todo, pero sobre todo de saber que nos estamos muriendo… Continúa leyendo “Ad Vitam”: ¿inmortales o muertos en vida?
Por Carolina Elwart.- Se acerca el invierno y “winter is coming” nos trae el recuerdo de una de las series más vistas en el mundo: “Juego de tronos”. Me podría poner en la discusión eterna del final, pero prefiero recordarla por lo que me hizo sentir durante varios años y no por su desenlace. Casi siento que estoy hablando de una relación pasada y creo que eso superaría cualquier final Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (XV)
Por Carolina Elwart.- Si hay algo que me ha costado consumir siempre es el cine argentino. Y la verdad que hay dos cosas, contradictorias pero a la vez reales. No valoramos el cine hecho en casa, y mucho de lo hecho es solo comercial. También sucede que la narrativa argentina trasciende y se hacen películas en otros lados. Hoy, con el día lluvioso y el pronóstico para mañana, pensé en estas películas viejas pero que muchos aún no han podido ver Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (XIV)
Por Carolina Elwart.- Este 15 de junio fue el Día del Libro por un hecho que poco se conoce. En esa fecha del año 1908 se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres, dos temas que son parte de mi vida: los libros y las mujeres. Por eso, esta entrega va pensando en todos esos libros llevados al cine que escribieron mujeres Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (XIII)
Por Carolina Elwart.- Se va el ASPO (aislamiento social preventivo y obligatorio) y llega el DiSPO, pero aún no sabemos qué sería. Mientras tanto, las películas y los libros son nuestro refugio. Y hoy les sumamos la música.
Las películas en versión musical son como los caramelos, media hora nos divide entre quienes las aman o las odian. ¿Qué hace a una película considerarla dentro del género musical? Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (XII)
Por Carolina Elwart.- El arte musical es uno de los que más nos acompañan en todos los momentos, buenos, malos, de viaje o en cuarentena. Escuchar música es uno de los más grandes placeres de la humanidad. Por eso, en esta entrega vamos por películas que estén relacionadas con la música, la próxima será solo de películas musicales Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (XI)
Por Carolina Elwart.- Vamos contando los 70 días y nuestro lugar en el sillón o la cama ya tiene nuestra forma marcada. Como el tema de Charly pasamos de la cama al living. Ya nos aburrimos, nos pusimos las pilas, se nos descargaron. Dijimos que íbamos a hacer algo productivo y no hicimos nada en días. En esos vaivenes los lugares para las series y las películas se hacen o no. Si tienen ganas y Netflix se agotó hoy vamos por la plataforma de Amazon Prime Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (X)
Por Carolina Elwart.- Antes del Covid-19 ya existía Netflix, pero ahora trae nueva fuerza con una aplicación para compartir una película con tu gente. La aplicación se llama “Netflixparty” y sirve para compartir en vivo mientras cada uno está conectado en su casa. Es muy simple de descargar y nos permite comentar esas escenas que nos asustaron o emocionaron desde el chat que nos habilita Continúa leyendo Leer y ver en tiempos de cuarentena (IX)
Estaba escribiendo sobre Baby Etchecopar y su crecimiento en audiencia: ahí dándole forma a una nueva derecha para el poder. Pero tenía razón Baby, somos unos negros de mierda, vagos, y yo ya tenía algo escrito en 2016 y no había que agregar nada, Baby, nada. Otra vez, tenés razón: negros y vagos. Que dejo la guitarreada para la tercera parte. ¡Bienvenido, Baby!
Ser negro prolifera de manera paranoica por todos los estratos sociales: negro, negro de mierda, negro de alma, negro de adentro, che negro, ¿todo bien, negro? Todos hablan de los negros. Y principalmente vos, Baby, no hacés otra cosa que hablar de los negros de mierda.
La esposa del empresario de medios lo dijo con claridad: la familia Macri, ante todo, es blanca.
Eso es lo bueno.
Somos blancos. No somos negros.
Blanca, también, es Iris. Una peruana que vive en mi cuadra y dice que hay que parar con esto que venga cualquier negro al país.
Tiene la misma jeta de india que mi primo Pol. Pero mi primo Pol, también, es blanco. Y cuando arranca con eso de hacer mierda a todos los negros y yo le recuerdo su tremenda jeta de zambo, me dice, ojo primito, yo hablo de los negros de adentro. Entonces, ya es peor.
Porque no son solamente ya nuestras jetas de indios, de zambos, de negros, de mestizos, de tobas, de kollas, de villeros, de correntinos que nos amenazan, sino que, encima, podemos ser negros de adentro.
La negritud tiene la cualidad de la multiplicación. Eso es algo que vos sabés bien. Ya lo dijo un humorista cordobés: en este país no hay rubia que sobreviva. Se casa con un negrito cualquiera y le salen todos los hijos negros. Ocho hijos negros. Ni uno solo rubio.
Por eso, Baby, tenés razón. En este país levantás una baldosa y tenés quince negros crotos ahí escondidos. No sabés de dónde salieron. Porque trajimos inmigrantes. Hasta alemanes. Arios. Y también trajimos árabes, judíos, croatas, cualquier cosa de muy lejos para mejorar la situación.
Hicimos mierda a los indios en cientos de cacerías. Mandamos a los negros a morir en cualquier guerra patria. Les metimos viruela, fiebre amarilla, cólera. Estaqueamos, fusilamos, decapitamos, empalamos. Si hay que matar, se mata. Que no quede ni uno solo. Si en algo invertimos en este país, desde su fundación, es en matar negros de mierda.
Pero no. Ahí están. En cualquier esquina los ves. Cualquier negrito o negrita se reproduce y al otro día son el doble. Cogen, como locos, para llenar de negros este país. Y ahí están.
Coger está bueno, Baby.
Pero yo sé que vos la vas de Sarmiento. Onda prócer. Y el sanjuanino pensaba como vos: ¿sabías? Sí, hermano. Sos sarmientino de la primera ola. Mirá cómo te levanto el nivel. Te leo a tu prócer citando algún científico de moda: es muy notable que en sus combinaciones, ya sea con los negros o con los blancos, el indio imprime su marca más profundamente sobre su progenie que las otras razas y cuán rápidamente también en los posteriores cruzamientos, los signos característicos del indio puro se restablecen, expulsando los otros. He visto progenie de un híbrido entre indio y blanco, que resume casi completamente los caracteres del indio puro.
¿Viste? Igual que vos.
Igual de hijo de puta que vos.
2.
Nuestras clases altas se dedican a matar indios. Ellos sí son blancos como la gente quiere. Aunque si nos ponemos puntillosos, hay varios indios que no quieren salir del closet ahí. Ni hablar entre la progenie patricia de los estancieros del norte. Ahí no zafa ninguno. Todos unos indios reprimidos. Aunque la vengan con la hispanidad y otros cuentos. Pero, ante todo, nuestras clases altas se dedican a matar indios. Eso da apellido en este país. Y si no tenés apellido, porque sos un gringo medio muerto de hambre, te casás con la primera que encontrás con prosapia. Entonces Macri se casa con una Blanco Villegas, descendiente de Conrado Villegas, uno de los militares más sanguinarios. Ese sí mató indios y criollos con ganas.
Eso es invertir en un apellido.
Ya sé, esto viene para largo, y a vos ya te gustaría mandarme a la mierda y mandarte a mudar. Porque sos un bocón y pensás que porque mataste a un negrito, sos alguien. No. Estamos hablando de artistas de lo hijo de puta. Desde siempre. Y no como vos, que mataste a uno solo. Eso es de novato. De gil. ¿Qué es eso de mancharse las manos? Por eso Macri Villegas no olvida su estirpe sanguinaria; cuando hablan de la ignorancia histórica del presidente, yo recuerdo que siempre afirma: Sarmiento pensó el país, Roca lo llevó a cabo. Ojo: no es ilustración. Es el abc del tilingo con billetera. Cuando Galimberti (amigo tuyo, ¿no?) decidió reconciliarse con el mundo que combatió, se casó con una tal Leal Lobo. Es verdad, ya le gustaban de antes las chicas de la high class. Y un mucho más tilingo (y torpe) Lopérfido se casó con una Mitre. Rubia, obvio.
Hay que invertir en los apellidos.
Todos unos señores bien que solo tienen la manía de financiarse matando indios. Ojo: hay algunos que les encanta la literatura francesa y hasta abren librerías. Gente educada. Culta. Amable. Pero lo que mejor hacen, porque eso hay que reconocerlo, es matar negros. Como los Braun. Esos se financian matando negros. Desde siempre. Y lo seguirán haciendo porque es lo único que saben hacer. Como otros solo saben soldar, o jugar al fútbol, o tomar cerveza, estos solo saben matar. Y que saben, saben. Son el mejor equipo de los últimos doscientos años haciendo esto. Están los Bullrich, los Pinedo, los Martínez de Hoz. Y otros que arrancaron después pero que le pusieron ganas. Meritocracia pura. Como los Prat-Gay, que crecieron a la fuerza del trabajo esclavo de la industria azucarera y de la financiación a Antonio Domingo Bussi, que les facilitó el trabajo empresarial con la desaparición de cinco obreros, unos indiecitos perdidos de por ahí, que sudaban grasa militante. ¿Y vos te crees muy macho por haber matado un solo negrito y boconear por la radio a todos los negros que matarías?
Para estos vos también sos un negrito, o medio negrito, o peor: negro de adentro. Porque estos no te perdonan. Yo te aviso nomás. Si te tienen que empalar, te empalan. Y después te dicen que no tenían otra opción. Porque encima de hijos de puta, son más falsos que la mierda. Tal vez te están quemando en una parrilla y te encomiendan al cielo. Por eso los primeros indios la tenían clara. Cuando a Atahualpa le dijeron que debía decidir su muerte, que si no se convertía a la fe, sería asesinado de manera lenta y cruel y terminaría en el infierno, pero si aceptaba las condiciones, zafaba del fuego eterno y se agenciaba un pedazo de cielo, solo preguntó si en el infierno había españoles. Y como le dijeron que no, no dudó: infierno derecho. Ahora lo mismo, mejor una temporada en el infierno que cruzarte con alguno de estos. Yo te aviso. No vaya a ser que a vos también te confundan con un negrito de mierda.
Los milicos son todos indios. Y negros. Como diría un tipo bien, como Julito Cortázar, con esas caras brutales que uno no sabe si son javaneses o mocovíes. Y esos odian a los negros como nadie. Porque son unos negros de mierda que tienen que hacer bien su trabajo para no sentirse así. Igual esto es así. Un día se da vuelta todo y estos empiezan a odiar a los blancos y fuiste. Fuiste seas Bullrich, seas Pinedo, seas Blanco Villegas. Vos más: ahí fuiste en serio. Por eso es tan bueno el cuento “Cabecita negra” de Germán Rozenmacher –perdón que te tire con tanto libro–, cuando pone como arquetipo del cabecita negra al policía. No al obrero. Un zurdo, como dirías vos, te hacía mierda el cuento: te ponía de héroe a un obrero que salía de la fábrica. Todo sudado.
No: la revolución la van a hacer los milicos. Y los obreros, desde ya. Pero sin milicos no hay revolución. Porque los milicos son unos negros hijos de re mil puta mal. Y cuando dejen de ser unos forros, chau. Ahora andan como les canta Pepo: ay policía qué vida elegiste vos / verduguiar a la gente es tu vocación / matar a la gente pobre es tu profesión / y así brindarle a los ricos la protección.
Pero un día se van a dar vuelta. Y chau. Eso lo ve perfecto Rozenmacher. El peronismo, la ley –el milico– era el negro. Eso vos lo intuís también. Por eso odiás tanto al peronismo. A los negros. Porque cuando el negro sea ley, ya no va a perseguir al negro, va a perseguir al blanco. Y fuiste. Ahí Braun va a decir que no tiene nada que ver. Que lo suyo son los libros. Porque estos que se dedicaron a matar indios toda su vida, a la primera que se pone fea, se hacen las víctimas. Como vos. Unos forros. Ni siquiera el decoro de decir: sí, che, me gustan los libros importados, pero lo que mejor hacemos, en la familia, es matar negros. 100% tradición familiar. Es lo que nos sale. No. Se van a hacer los giles.
4.
Este país funciona porque todos odian a los negros. El día que los negros dejen de odiar a los negros, agarrate. Y el día que un gobierno apueste a los negros, listo. ¡Andá a cantarle a Gardel! Mientras tanto nos vamos a fumar a todos los giles hablando de que los negros esto, los negros aquello. Eso sí. Todo el tiempo hablamos de los negros. No se puede parar. Y si me tirás el auto encima con la tremenda cara de indio que tenemos, te vamos a carajear derecho viejo: qué hacé, negro de mierda. Eso vos lo sabés porque no podés hacer otra cosa de tu vida de mierda que hablar de los negros de mierda. La puta madre que tenés una vida llena de negros: te comen las palabras.
Ahora gobiernan los cazadores de indios. Eso lo sabés. Tan ignorante no podés ser. Estos son más hijos de puta que todos nosotros. Más hijos de puta que vos. Porque tienen unas ganas de meter tu cabeza de trofeo al lado de una cabeza de chancho jabalí, otra de yaguareté y otra de ciervo. Estos no perdonan. Ahora hay que aguantar. Y coger y hacer negros. Desde ya. Porque eso los pone locos. Porque hace quinientos años que están intentando hacer un país sin negros. Y meten bala. Meten libros. Meten tratados de libre comercio. Encíclica. Te meten a un Braun hablando de Flaubert y otro que te sube el precio de los alimentos para que te cagués bien de hambre. Te meten a vos en la radio tirando toda tu podredumbre, todo tu odio, toda tu alma viciada. Toda llena de mierda. ¿Y sabés qué? Negros sigue habiendo. Y cada vez más. No importa qué hagás: los negros te cagan el día. Yo te entiendo, Baby. Es lo que decía Sarmiento: ¿somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! Y eso lo dijo después de la Campaña del Desierto. No importa cuántos negros matés. Ahí siguen estando. Cada vez más. Ahí siguen cogiendo. Una y otra vez. Recordándote, todo el tiempo, que vos también sos un negro de mierda.
Los blancos, Baby, como vos, viven en sus expectativas de vida las fantasías europeas de la razón; sus miedos, en cambio, son indígenas. Eso te va haciendo negro. El mayor temor del blanco es ser comido por la indiada. Raptado, ultrajado, violado, deglutido. Terminar dentro del cuerpo del indio. La antropofagia de los indios americanos es un tópico que uno puede registrar desde los primeros cronistas europeos a los noticieros actuales. Te citaría los Diarios de Colón, Baby, pero te vas a calentar. Vas a pensar que te quiero hacer sentir un negro de mierda que no entiende nada.
¿Sabés que cuando las clases medias y altas cartografían imaginariamente la ciudad de Buenos Aires o sus alrededores piensan una ciudad tan sitiada y demarcada como en las que vivieron los adelantados? ¿Sabés lo que fueron los adelantados, Baby? Ni en pedo. Sos un bruto importante y orgulloso. Te felicito. Desde entonces, una coordenada civilizatoria es recomendar que no se vaya por cierta zona, que no se tome tal atajo, que mejor se dé una vuelta por, ya que si no se puede terminar en un barrio donde hay negros que te comen las piernas.
Esta certeza queda como enseñanza de Juan Díaz de Solís: andar por fuera de los márgenes establecidos de la ciudad es terminar en la olla del indio. Eso te da miedo, ¿no? Quedar con el auto en medio de unas tolederías de chapa y que los negros te coman. Se hagan unos chinchulines podridos con tu cuerpo de blanco derrotado.
Te cuento una historia para que no te sientas el primero.
Hacia enero o febrero de 1516, Solís se internó hasta las bocas del Uruguay. En un desembarco es atrapado por los indios (charrúas o guaraníes) y es comido a la vista de su tripulación, que había quedado esperando en el barco a su superior. La parábola de Solís (“ayunó Juan Díaz y los indios comieron”, según el verso de Jorge Luis Borges: seguro te gusta citar a Borges, guárdate este) es reelaborada como una de las máximas de los ciudadanos contemporáneos. Gente como vos. Fuera de la ciudad amurallada, más allá de las fortalezas y los caminos señalados, el indio espera, acechando, el menor descuido del blanco y chau: te comen las piernas.
Por eso yo te entiendo, Baby, 500 años al pedo. 500 años mejorando la raza. Matando indios y negros. No ahorrando la sangre del tipo de acá. Trayendo gente blanca como tu viejo, que vino con una mano atrás y otra adelante pero ante todo no un negro de mierda. Haciendo cárceles. Matando gente. Desapareciendo. Empalando. Abriendo librerías con los mejores autores de Francia y contratando los mejores cazadores de indios. Intentando que este sea un país como la gente. Civilizado. Un país de blancos. Que progrese. Un país como vos querés.
Y no: estos negros te cagan la vida.
Siguen vivos.
Y, al menor descuido, chau. Ya lo dice el refranero popular: al indio le das la mano y te come el codo. Te entiendo, Baby. 500 años al pedo. Acá tirás una bomba atómica y lo único que quedan son los negros. Como las cucarachas. Mueren todos y sobreviven ellos.
Por eso te entiendo, Baby. ¿Qué te puedo decir? Bienvenido, Baby: ¡somos todos unos negros de mierda!