Reconectar con el arte y la naturaleza fue posible. Nos dejaron el corazón explotado de tanto amor y entrega. Alma y cuerpo se hicieron uno. Fue una manifestación de música, ritmos y alegría pura. Todas las presentaciones fueron increíbles: Juan Efraín con su guitarra, los «ahre» y el fuego de Rústico, la escena de Facu Muñoz y Les Muñé, Maxi Guiñazú y la Grupa, la voz mágica de Bruno Pinto, las letras voladoras de Juan Farré, los sonidos espirales de Mudra, la energía de La Ponde, Macoli Colkin y Pinky Fun…, como increíble la elegancia de Coco.
Primera parte
Fotos: Mayrin Moreno Macías
Segunda parte
Fotos: cortesía Festival Cultura Increíble
El pasado martes por la noche sonaba, en Los 2 Amigos, jazz salvaje. Miradas desfiguradas de músicos seguían la melodía como una marea, sin un destino claro, hasta que terminaban. El trompetista miraba fijo a la nada siguiendo las escalas y a medida que los músicos se iban sumando, desde las mesas, desde las sillas, la improvisación tomaba todas las partes e inundaba lo que quedaba de aire. Llegué evidentemente tarde, a la zapada. Ahí atiende un hombre, bastante adulto, alto, blanquecino el pelo, que a precios módicos reparte cerveza a diestra y siniestra. Los músicos todos con camisas a cuadros, colores opacos, nocturnos. Algunas voces femeninas se sumaron y parecía que las luces amarillentas de la sala titilaban en las notas agudas.
En la mesa de Los 2 Amigos, bajo uno de los ventiladores de techo, me enteré de un festival de poesía que organiza la revista La Intemperie. Celebran la publicación de sus primeros diez números, para mí todos desconocidos. Pregunté sobre el proyecto y me gustó.
Sé de la poesía de Sabrina Barrego, que vengo siguiendo, y Pablo Grasso, ambos editores de la revista, que organizan este festival junto al sello musical independiente FLAI, pero no sabía que había más poetas, y después de pedir el cronograma, me sorprendí de que hubiera tantos.
En una cartilla que me mandaron posteriormente dice que “La Intemperie reúne textos críticos producidos en Mendoza o a propósito de obras oriundas de la provincia, abordando la literatura, el cine, el noise, la música y las artes en general”.
El festival va a durar tres días. El primero (4 de febrero) será en Tupungato, que queda a breves 80 kilómetros de la capital; el segundo y tercer día (5 y 6 de febrero) en los pisos de cerámica negra y las paredes desvencijadas, profundamente literarias y fotográficas, de Los 2 Amigos, en la Alameda, que parece restaurante pero a mí se me antoja centro cultural.
Ahí nos vemos.
LINE UP Viernes 4 a partir de las 19 Patio Don Andrés (Belgrano 774), Tupungato
Charla «NO SEAS BASURA «,por Ediciones Arroyo
Leen:
Daniela Bastías (Tupungato), Nicolás De La Vega (Tupungato), Alejandra Pipi Bosch (Arroyo Leyes, Santa fe)
Tocan:
Juli Laparra (Luján de cuyo), Sabrina Barrego & Tulpa (Mendoza)
Sábado 5 a partir de las 20 Los 2 Amigos Cultural
Tocan:
Rubí Monroys (Mendoza-Chile), Kari Villalba (Mendoza), Kuamboka (Chile), Juan Breccia (Mendoza) , Dj Ciruja (Mendoza).
Leen:
Devenori (Tunuyán), Leo Pedra (Mendoza), Maite Esquerré (San Luis), Claudio Rosales (Mendoza), Sabrina Barrego (Mendoza), Alejandra Pipi Bosch (Arroyo leyes, Santa Fe)
Domingo 6 a partir de las 20 Los 2 Amigos Cultural
Tocan:
Perro Mirando el Helicóptero (San Rafael), Olifanteh (Mendoza) , DJ Ciruja (Mendoza)
Leen:
Cruz (Mendoza), Leonardo Agustín Alías (Mendoza), Clara del Valle (Maipú), Daniela Bastías (Tupungato), Franco Funes (San Luis)
Performance por Pablo Grasso & Carolina Simón (Mendoza)
Feria Editorial y +
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Hace tres años Bibiana Cejudo se transformó en procannabis. Pero no le fue fácil dejar atrás los convencionalismos de su época: “Eso no se consume”, “es malo”, “es una droga”, “los chicos drogones”. Ella tomó la decisión de ser tolerante con esa nueva generación que tenía en frente. Se dio cuenta de que esos prejuicios eran infundados y leyó mucho, se sumó a Mamá Cultiva, hizo terapia psicológica, un postgrado en Cannabis Medicinal y cultivó una planta y la vio crecer.
Ella es odontóloga. En su “ambiente” y como profesional de la salud ya no es un tabú hablar sobre la marihuana. Sin embargo, siente que no encaja, nota los silencios, las miradas. Pero eso no la detiene, sabe que es algo positivo, abrir las cabezas no es sencillo. Se trata de reconocer «Yo fumo», «Yo consumo gotitas de cannabis», así como se toma alcohol o se toman pastillas compradas en la farmacia y recetadas por un médico. Además, explica que es importante evaluar qué clase de persona somos, «porque el cannabis no te hace violento, ni golpeador, ni abusador». Tampoco tiene efectos secundarios y ni pensar en morir de una sobredosis por consumirla.
A esa gente que habla por hablar, Bibiana les dice que se tomen una hora para ver el documental “El científico”, de Zach Klein, que está disponible con subtítulos en Youtube, porque más allá de los prejuicios, es importante conocer cómo funciona. El documental narra la historia del investigador Rafael Mechoulam y su trabajo en el laboratorio del Instituto Weitzmann. Él junto a su equipo descubrieron el componente psicoactivo de la marihuana, el tetrahidrocannabinol (THC), y demostraron que el cerebro humano produce su propio cannabis, una sustancia química que llamaron la anandamida. Además hicieron ensayos clínicos con cannabis y aceite de THC, que tuvieron efectos positivos en el tratamiento de enfermedades como el cáncer y el alzheimer, entre otras.
Bibiana, después de que se amplió la ley 27350 en marzo de 2021, comenzó a asesorar a quienes están interesados en conocer el Registro del Programa de Cannabis Medicinal (Reprocann), porque recreativo o no, sigue siendo medicinal. Ella recuerda que hoy la ley permite el autocultivo, las ONG también podrán hacerlo y, lo más reciente, es que el Ministerio de Ciencia argentino lanzó el “Programa de Investigación y Desarrollo en Cannabis”.
También aclara que lo que no está permitido es su venta. Explica que siempre saca las cuentas de cuánto les sale comprar un frasco de cannabis y cuánto cultivar el propio. «No es barato porque las semillas son caras, su cuidado, pero con una planta te ahorras 3 o 4 veces lo que gastas o también puedes hacer tu propio aceite. Con un aceite que cuesta alrededor de 7 mil pesos, el más chiquito, podrías comprar unas 3 semillas para cultivar. Abrir la cabeza no solo para saber lo que gastas, sino lo que consumes», dice.
Su mensaje a las mujeres no va desde el lado del cannabis. Asegura que desde que aprendió a quitarse la soberbia de mamá y de esperar que sus hijos sean lo que ella tenía en mente, logró una relación maravillosa, aprendió a escucharlos, a acompañarlos y saber qué querían hacer de sus vidas. “Siempre hay un límite, pero cuando aprendes a escucharlos, ese escalafón madre-hijo no es necesario marcarlo”.
La salud emocional y el bienestar físico son dos factores imprescindibles para que la piel luzca impecable y esplendorosa. Los enemigos de la piel son el insomnio, el sol en exceso sin protección, la comida procesada, el alcohol, el cigarrillo, el estrés y el sedentarismo.
Cuando la persona duerme, la piel trabaja reparando las células. Al no dormir lo suficiente, la piel luce cansada y sin vida. Las ojeras son símbolo de cansancio y desvelo.
El sol es benéfico, pero también puede manchar la piel, producir envejecimiento prematuro y, en casos extremos, causar cáncer. Es muy importante evitar el sol directo y usar protector solar, especialmente en verano.
La comida procesada exige mayor trabajo al sistema digestivo y al hígado, además usa o destruye nutrientes vitales, lo que contribuye a la producción de alergias, fatiga, problemas cutáneos y enfermedades en general.
El alcohol y el cigarrillo intoxican la piel y evitan que respire, la misma se torna seca, con tendencia a la descamación.
El estrés puede causar desde acné hasta pigmentaciones en la piel. Por ello es importante mantener una actitud positiva y practicar la meditación y la respiración.
El ejercicio físico ayuda a mejorar la circulación, renovando la piel de adentro para fuera. También contribuye a reducir el estrés y la depresión.
Un limpiador natural para la piel consiste en licuar medio pepino y una rebanada de piña. Se toma de inmediato.
Otro limpiador de piel se elabora con dos naranjas, una rebanada de papaya y un cuarto de taza de arándanos. En el jugo de naranjas se licuan los demás ingredientes y se toma al instante.
Un desintoxicante general se elabora con tres ramas de apio españa y un manojito de perejil. Ambos ingredientes se lavan y se licuan en una taza de agua.
Paul Thomas Anderson es uno de los directores contemporáneos más respetados, elogiados y celebrados, con lo cual coincido absolutamente porque está entre mis favoritos.
Sin haber estudiado cine formalmente, ha hecho cortos, videoclips, un documental y ocho películas que son obras maestras cinematográficas.
Creo que en el cine una de las cosas más difíciles, valiosas y agradables para el espectador es el tono, la atmósfera de las películas, y Anderson es un maestro en eso, además de tener un talento superior en todos los aspectos de la realización cinematográfica.
Sus protagonistas son siempre oscuros, trastornados, tristes, enfermos, rotos. Las historias que cuenta son interesantes y complejas pero terminan siendo menos importantes que el virtuosismo de las actuaciones, la fotografía, los detalles, los silencios, los estados mentales que logran transmitir o en el que logran meternos los personajes.
Toda su filmografía es extraordinaria, pero voy a destacar cuatro de sus películas:
«Magnolia», un filme de historias conectadas sobre la fragilidad y la complejidad humana, que tiene lo que es para mí una de las escenas más poderosas que he visto en el cine. Para no «spoilear», solo voy a decir que es una en la que aparecen ranas. Y es sin dudas uno de los grandes filmes de los últimos tiempos. El mismo Paul Thomas Anderson ha dicho que «Magnolia» es lo mejor que realizará en toda su carrera.
«The Master», también con actuaciones memorables, se basa en la historia del creador de la Cienciología y tiene una fuerza, una belleza fotográfica y un despliegue de talento increíbles.
«Vicio propio», probablemente la película más humorística de Anderson, trata sobre el poder inmiscuido en la contracultura estadounidense de los 60. Un policial imprevisible, complejo, con muchas capas, giros, personajes y recursos.
Y finalmente está «El hilo fantasma», su última película estrenada, sobre un sastre que trabaja para la realeza, la clase alta y las celebridades de Londres de los años 50. Es una historia de amor, un amor oscuro, simbiótico y particular pero que colma las necesidades de las extrañas psiquis de los protagonistas.
Escriben porque creen que alguna vez las cosas estarán mejor. Es algo parecido a la esperanza.
En la plaza San Martín de San Rafael, Mendoza, el sol cala entre las ramas y se ven entusiastas. Dicen que empezaron leyendo y escribiendo, y pronto le agregaron compromiso.
Al iniciar las sesiones del juicio por la violación y el asesinato de Paula Toledo, iban a Tribunales para acompañar a Nuri, para no dejarla sola. Pronto se embanderaron, descubrieron la necesidad de actuar, de hacer… Y leyeron allí, en la explanada del Poder Judicial, sus poemas, hicieron de su arte un verbo, para trascender el papel, para llegar más lejos, para decir lo «frío, tibio y mal que funciona la Justicia».
Escriben también de calles, de amores, de estrellas, de vacas que se dejan acariciar, de danza, de Racing, de mujeres que luchan, de cariños, tal vez sin saber que están hechas ellas de textos, de poemas…
Sol Campoo es altiva, más desde que se involucró en la lucha por los derechos de las mujeres; Cielo Hochberg pone cara seria al hablar, no importa el tema; y Sofía Montiel tiene actitud siempre decidida, es de las que da ese primer paso.
Escriben y leen en el club de lectura «Ese primer libro». En esta etapa de sus vidas comparten, charlan y viven su juventud. Son parte de la escritura de la historia reciente, de la historia inmediata, de la historia de este 8 de marzo y de las mujeres de San Rafael.
Hace un tiempo, vi con mi compañera The Eagle Huntress (2016), el documental de Otto Bell sobre la extraordinaria Aisholpan Nurgaiv. El film contó con la producción y relato en off de Daisy Ridley, la actriz que hace de Rey Skywalker en las últimas secuelas de Star Wars. Obtuvo un premio en el festival de Sundance y una nominación al BAFTA.
Aisholpan Nurgaiv es una joven kazaja que vive en el macizo de Altái, al oeste de Mongolia, con su familia trashumante de pastores y cazadores. Cada verano, abandonan su casa pueblerina en la estepa y se mudan a las montañas, donde hay mejores pasturas para su rebaño de cabras. Allí levantan su clásica yurta de lona, a la usanza de sus antepasados.
Haciendo caso omiso de los prejuicios sexistas de sus parientes mayores, y desafiando los arcaicos mandatos de género de su cultura étnica, Aisholpan y su papá acordaron hacer de ella lo que habían sido sus ancestros masculinos a lo largo de innumerables generaciones: una eximia bürkitshi, una cazadora que combinara la equitación con la cetrería, el arte de cabalgar y el arte de atrapar zorros –u otras presas– empleando águilas doradas especialmente adiestradas.
Esta tradición, tan característica de los pueblos nómadas del Asia Central, ya era muy antigua y prestigiosa en tiempos de Gengis Kan, que forjó su imperio entre fines del siglo XII e inicios del XIII. Según la evidencia arqueológica disponible, los orígenes de la cetrería con águilas en las estepas eurasiáticas se remontan al primer o segundo milenio antes de nuestra era.
Lo cierto es que, en 2014, con apenas 13 años, Aisholpan se convirtió en la primera concursante femenina del Festival de las Águilas Doradas, una competencia anual que se celebra en la localidad mongola de Sagsai desde 1999. Primera concursante, sí. Pero también primera ganadora, pues superó a todos sus rivales, hombres adultos que se contaban por decenas.
No caigamos en la exageración facilista con que algunos medios masivos de Occidente cubrieron la noticia. Prescindamos de su propensión al sensacionalismo, no exenta de eurocentrismo. Sepamos que hubo otras bürkitshiler en Mongolia, tanto en tiempos modernos como antiguos (el rigor histórico y la honestidad intelectual nunca están de más, y matizar lo que se dice jamás resulta pernicioso ni superfluo). Ellas siempre estuvieron en minoría marginal y por fuera de la ortodoxia consuetudinaria, desde luego. Pero haber, las hubo. Tampoco se trata de bajarle el precio al logro de Aisholpan, ni subestimar su valor simbólico para el feminismo contemporáneo. Aisholpan fue, insistimos, la primera en participar del Festival de las Águilas Doradas de Sagsai, y la primera en ganarlo, siendo apenas una niña. Sería absurdo e injusto negar su proeza venatoria de 2014, o minimizarla con ligereza.
Por supuesto que muchos mongoles conservadores se enojaron ante tal innovación heterodoxa, especialmente los ancianos varones de la ruralidad tribal profunda. La antropóloga Dennis Keen habló en aquel momento, con realismo y preocupación, de una “reacción instintiva basada en una comprensión tradicionalista de la sociedad y los sexos”. Los cetreros consagrados de Mongolia y Kazajstán ningunearon a la muchachita «insolente», pretextando que ella solo podía embaucar a turistas ignorantes de la ciudad o del extranjero. La propia Aisholpan se refirió a esta animadversión atávica en más de una ocasión, y el documental de Bell también reflejó el problema. El film, de hecho, no culmina con el Festival de las Águilas Doradas de Sagsai, sino con el viaje solitario de la niña y su padre a las montañas de Altái en pleno invierno, contra la adversidad extrema del frío y la nieve, para demostrar que sus aptitudes cinegéticas no eran ninguna farsa cazabobos for export.
Pero la historia no puede ser congelada en un freezer por siempre. Los cambios sociales y culturales no pueden ser indefinidamente frenados, postergados. No olvidemos que, durante casi todo el siglo pasado, Mongolia fue un estado socialista bajo órbita soviética: la República Popular de Mongolia (1924-1992). Situada entre medio de Rusia y China, la axiología igualitaria de sus revoluciones, la ética niveladora del marxismo-leninismo, impactaron en ella. Las reformas agrarias y las escuelitas rurales esparcieron por todo el país el polen de la utopía comunista. Pero Mongolia no se salvó del extravío estalinista, ni tampoco de la tramposa Perestroika. Hoy, en pleno siglo XXI, ya no es socialista, pero algo quedó de aquel igualitarismo. El patriarcado no ha desaparecido en las relaciones de género, pero ya no tiene la omnipotencia que tenía hace más de cien años, cuando la nación se sacudió del yugo imperial manchú con la ayuda de los bolcheviques.
Moraleja 1: Mongolia no ha estado al margen de la historia, del devenir histórico. Ninguna sociedad puede estarlo. No hay diacronía sin cambio, temporalidad sin metamorfosis. Clío y Cronos van siempre de la mano, aunque a veces no se note.
Moraleja 2: la tradición no es algo rígido, estático, inmutable, inmodificable. Puede cambiar, y debe hacerlo. Tarde o temprano, las nuevas ideas se abren camino, guste o no guste, quiérase o no, renovando con su fecundidad el orden social heredado del pasado, sus costumbres, sus instituciones, sus valores, sus normas…
Desde que Paine escribió su magistral Rights of Man en defensa de la Revolución Francesa, demoliendo cada uno de los sofismas ad antiquitatem de Burke, el tradicionalismo no resiste ya un debate intelectual mínimamente serio. Las tradiciones no pueden ser, per se, un imperativo categórico que haga callar la racionalidad crítica. Ninguna institución o costumbre es buena o legítima por el solo hecho de ser vieja. Con ese criterio absurdo, seguirían existiendo la Inquisición y la esclavitud por ley, o las mujeres no podrían estudiar ni votar. Es menester, pues, anteponer siempre la razón a la tradición, aunque haya tradicionalistas que pongan el grito en el cielo y auguren el fin del mundo.
Mientras en la lejana Mongolia se aceptó que las mujeres participen del Festival de las Águilas Doradas, exhibiendo sus destrezas cinegéticas e hípicas como bürkitshiler, en la provincia argentina de Mendoza todavía no se tolera la posibilidad de celebrar la Vendimia sin un pacato certamen femenino de belleza, como ha puesto recientemente de manifiesto la beocia reacción contra la ordenanza municipal de Guaymallén que prohibió tales concursos de banalidad tóxica, rémoras de un machismo cavernícola y cosificador. Ni la cultura ni la identidad milenarias del pueblo mongol –mucho más antiguas, por cierto, que las de nuestra Mendoza– naufragaron cuando Aisholpan innovó la tradición de la cetrería aguileña a caballo. ¿Por qué habría entonces de colapsar la cuyanidad, si dejamos atrás la inercia de elegir y aclamar reinas en el festejo vendimial? Mendoza no nació en 1936 con Guillermo Cano y Frank Romero Day, ni habrá de morir porque su legado –que esconde influencias non sanctas del fascismo europeo de Entreguerras– sea objeto de revisión crítica de cara al presente y el futuro.
Para una crítica más pormenorizada del certamen vendimial de belleza, véase mi escrito Reinas de la Vendimia: belleza, patriarcado y banalidad, publicado en esta misma revista y sección
“Cada edad y cada generación deben tener tanta libertad para actuar por sí mismas en todos los casos como las edades y las generaciones que las precedieron. La vanidad y la presunción de gobernar desde más allá de la tumba son la más ridícula e insolente de todas las tiranías. El hombre no tiene derecho de propiedad sobre el hombre, y tampoco tiene ninguna generación derecho de propiedad sobre las generaciones que la sucederán (…) Lo que propugno son los derechos de los vivos, y me opongo a que se les arrebaten, se les controlen o se les contraten en virtud de la supuesta autoridad manuscrita de los muertos” (Thomas Paine, Rights of Man, 1791).
Que el tradicionalismo no obture la sana sinergia de la vida con el presente, momificando el pasado como una reliquia intocable, hasta convertirlo en un fósil y fetiche. Emancipemos la historia de la tutela asfixiante del filisteísmo anticuario. Aprendamos de Mongolia. Aprendamos de Aisholpan. Una #VendimiaSinReinas es posible. Breguemos para que eso suceda.
La aplicación del arte del Feng Shui en el lugar de trabajo es muy importante, ya que allí se pasa gran parte del tiempo, y, por consiguiente, gran parte de la vida. El lugar donde se ejerce la actividad laboral, está impregnado de energías capaces de interactuar entre sí, afectando positiva o negativamente la salud y el bienestar de las personas.
De hecho, resulta fundamental mantener y estimular la armonía entre colegas, así como también la determinación en la conclusión de negocios, el espíritu de emprendimiento, la creatividad y la buena comunicación entre los distintos interlocutores, para que el trabajo se más eficiente y productivo.
Una oficina o despacho, debería estar ubicado en lugares tranquilos. Sería ideal una calle en proximidad de un cruce muy transitado o en la planta superior de un edificio con tiendas a la altura de la calle. La energía presente en un cruce, es muy positiva para lugares de trabajo que se basan en la afluencia de clientela.
Una buena disposición de los espacios en el interior de una oficina, es básica para la armonía. Es necesario considerar la dimensión, la decoración, la distribución del mobiliario. La entrada debe ser amplia o dar la sensación de amplitud, colocando una pared de espejos, de forma lateral, nunca de frente.
La posición del escritorio puede influir en el rendimiento del trabajo; la colocación ideal es en el ángulo diagonal en oposición a la puerta, de modo que la espalda esté protegida y, tanto la puerta como la ventana, puedan ser vistas. Sentarse con una ventana atrás, no es aconsejable, ya que da la desagradable sensación de no tener ningún soporte. Si se desea aumentar la sensación de solidez, se recomienda colgar en la pared detrás del escritorio, un cuadro o fotografía con un paisaje de montañas. Además, la forma de la mesa puede ser determinante: formas redondeadas, de semicírculo y ovaladas favorecen la creatividad y, por lo tanto, son indicadas para actividades en las cuales se desarrollen nuevas ideas; mesas con formas lineales son adecuadas para trabajos formales, reflexivos y analíticos.
Por medio de la disposición de los objetos en el escritorio es posible hacer prosperar un lugar y hacer más placentero y armónico el trabajo realizado. Para poder trabajar concentrados, el escritorio no debe estar sobrecargado con papeles y objetos. Hay que tener en cuenta que: las flores que dan hacia el este atraen la buena suerte económica; un adorno rojo ubicado al sur favorecerá la carrera; la computadora ubicada hacia el oeste refuerza la capacidad de soportar presiones; el pisapapeles o un portabolígrafos de cristal ubicado hacia el suroeste favorece las relaciones armoniosas. Las bibliotecas deben mantenerse cerradas. La limpieza, el orden y la iluminación favorecen la armonía y el buen humor entre colegas.
Hasta 1879, cuando se concretó la conquista definitiva del desierto, muchos acontecimientos sucedieron en nuestras tierras. Fueron años muy duros, pues los malones y asaltos de cuatreros arreciaron, no se podía vivir tranquilo en la frontera.
Tan frecuentes en aquellos tiempos, los malones fueron organizados en su mayoría por desertores o bandoleros, como los tristemente célebres Pedro Pérez y Cáceres, quienes buscaron a los indígenas como aliados para consumar robos y asesinatos.
La llegada del Regimiento 1° de Caballería de Línea trajo algo de tranquilidad a los vecinos, se estableció definitivamente en 1865 amparando el progreso de la región. Por problemas políticos fue trasladado en 1874 a Entre Ríos, siendo reemplazado por 100 hombres del Regimiento de Guías y 50 del Batallón Mendoza, fuerzas heterogéneas, en su mayoría voluntarios.
Era necesaria en San Rafael una fuerza que brindara seguridad a la población y fue así que en 1875 llegó el 7° de Caballería, venía bajo el mando del sargento mayor Hilario Alzogaray y del ayudante Saturnino Castro, como jefe de la unidad figuraba don Luis Tejedor. Con estos jefes pasó al fortín San Martín, más conocido como fortín El Alamito, en el actual departamento de Malargüe, que en ese momento aún era parte de San Rafael. Este glorioso regimiento se mantuvo hasta 1879, cuando fue enviado a la conquista del desierto, bajo el mando del comandante José A. Salas, formando parte de la Cuarta División. No regresó a San Rafael hasta 1916.
Es importante destacar la labor cumplida por el Piquete de Baqueanos, formado por quince o veinte hombres, criollos expertos, conocedores de toda la región, que vivían exponiendo a cada paso sus vidas tratando de avistar a los indígenas para avisar al fuerte o a los vecinos del peligro inminente, haciendo una fogata en lo alto de una loma.
El otro siempre es un monstruo. Sea el indio, el negro o el musulmán. La secularización construye su identidad en la comodidad de ver monstruos on demand y aliviar al espectador de no ser uno de estos otros monstruos que proliferan más allá de nuestro “ámbito privado”. Esa es la estructura de sentido que organiza gran parte del catálogo de consumos modernos. Es verdad que la secularización se construyó como el viaje a lo desconocido. Esto permitió, claro, una lógica de acumulación nunca antes vista en la Humanidad. Pero es una lógica de colonización: se llega al “nuevo mundo” para repetir las verdades del “viejo mundo”.
Uno de estos monstruos es el “ser religioso”. En los ambientes progresistas o liberales se usa, de hecho, el término “religioso” como un modo del insulto. Y así se lo suele presentar en sus consumos más célebres como fue en el éxito de Unorthodox.
Entre estos monstruos religiosos hay un interés particular por el judío ortodoxo que se representa inevitablemente, claro, con ignorancia y desprecio. Se mezclan acá distintas concepciones, entre ellas, el antisemitismo que lo ve como el paradigma de enemigo interno que no quiere ingresar a la comunidad nacional, el progresismo que lo descubre como el retraso de la modernidad y símbolo de la barbarie, el sionismo que lo desprecia como negación de la legitimidad del Estado de Israel y sus obligaciones civiles.
No me interesa, tampoco, hacer un saldo de unas comunidades (muy distintas entre ellas además) que yo también conozco poco y mal.
Por otro lado, no tengo mucho miedo de despertarme de repente un día con la kipá y la torá -aunque preservo los libros religiosos de mi tarabuelo rabino-. No necesito una serie que me diga: quedate tranquilo che, no te vas a convertir en eso, tu vida es color de rosa. No necesito de monstruos, por cierto, para tomar las pocas decisiones que tomamos en la vida.
Debo reconocer que comencé la tercera temporada de Shtisel con mucho recelo de que el éxito de Unorthodox buscara imponer esta lógica del eslogan (1). Agradezco mucho que aún perduren series como la de esta familia haredí. Para leer en relación con los escritores rusos del XIX, por una parte, y de la literatura idish, por otra. Pienso, en particular en este último caso, en “Los hermanos Ashkenazi”, de Israel Joshua Singer.
Los méritos de “Shtisel” son propios: cierta maestría para narrar la proliferación de historias familiares, de tensiones entre lo secular y lo comunitario, de la ley familiar y la singularidad, de la ironía o la tragedia especular entre los distintos mundos individuales y sociales de Jerusalén. Del humor judío: los ritos en vez de ser propiciatorios, se convierten en movimientos torpes e imposibles.
Hay además referencias literarias constantes, pero nunca exageradas como las lecturas de libros seculares a escondidas. Pero no son nunca tampoco apelaciones letradas sino a formas más generales de una recurrencia: la relación padre e hijo o las vicisitudes de un hijo que nunca sabe si irse o quedarse -hay algo acá de Isaac Bashevis Singer (el otro hermano Singer) en novelas como “El certificado”-. Todo esto se narra eventualmente en las variaciones de la tradición judía pero está logrado de un modo que podemos sentirlo desde este otro charco del universo. Vivamos o no en una comunidad ortodoxa de Jerusalén podemos vivir -al menos un rato, tal como es el pacto de toda narración- lo que sienten sus personajes.
Desde ya que podríamos mirarla toda desde uno de los grandes tópicos literarios judíos: el padre, la tradición y el hijo. Para no nombrar a Benjamin o a Kafka, recuerdo simplemente a un judío criollo: el “Réquiem para un viernes a la noche”, de Germán Rozenmacher. Las referencias literarias son casi infinitas.
Encuentro, por último, otro mérito: no hay exageración, no hay cliffhangers, no hay golpe bajo (es decir, la pleitesía a la vanidad burguesa del espectador).
En Shtisel hay, sobre todo, narración -algo que escasea, por cierto, en la cultura on demand, de la cancelación y la supremacía moral-.
No deja de ser este recurso de Shtisel, a su manera, una ortodoxa forma de no repetir el consumo obligatorio que se exige como rito de iniciación en estos tiempos.
(1) Una mínima nota al pie comparativa sobre lo que digo en los modos de narrar. Hay una imagen reduplicada en “Unorthodox”: la de hacer la plancha en el agua (toda la tradición del agua como limpieza espiritual en las tres grandes religiones abrahámicas), pero en “Shtisel” es de un nivel de sutileza magistral, de belleza llena de contradicciones no resueltas, de descripción densa)