Ella siempre dice que tiene nombre de superhéroe, y así es, porque Floriman Bello Forjonel es una inspiración para todos los que la conocemos: trafica versos, baila tango, colecciona poemas raros y, aunque no lo quiera, es siempre el alma de la fiesta. Cree fervientemente en la amistad, en el amor, en la solidaridad y en la locura; sin embargo, su vivir intenso le ha dejado algunas decepciones, lo que paradójicamente la convierte en una descreída.
Es oriunda de Barquisimeto, estado Lara, la ciudad más musical de Venezuela, donde trabajó como profesora de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Cuenta con una maestría en Literatura Latinoamericana y fue la productora artística del local 2640 Cocuy, donde se daba cita la bohemia de la ciudad. Desde hace un año cambió el golpe larense por la cueca chilena y se radicó en Concepción, donde vive actualmente. Allá es profesora asesora en investigación en Superprof Chile y community manager en Elemento Visual. He aquí las cosas en las que NO CREE…
No credo
No creo en la muerte como pensamiento sino como sentencia.
No creo en las cuatro estaciones, porque aquí solo llueve y escampa.
No creo en lo inusitado de la vida porque la vejez
es solo un pesado equipaje de mortales.
No creo en el oficio de escribir como garbo, postín literario, ni mirada trampa.
No creo que el escritor muere, sino que su escritura se jubila.
No creo en las historias de magos, caballeros y princesas; creo en las burlonas, exageradas, extravagantes, impúdicas
e ilícitas historias contadas con íntimo redoble umbilical.
–Mi amor, con cuidado que me duele ¿Qué vaina tengo ahí? -dice ella.
El marido retrocede medio paso, se toca la barbilla como los tipos sabios de las películas. Vuelve a ponerse de rodilla, se acerca a la vagina de su esposa. Frunce el ceño. Usa sus dedos pulgar e índice como pinza. Levanta la vista, mira a su esposa:
–¿Qué verga es esta, Hortensia?
***
–La operación salió según lo esperado. Esta tarde podrá irse a su casa -sentenció el cirujano que operó el prolapso del que padecía Hortensia.
La mujer respiró aliviada y preguntó al doctor: “…¿y eso es todo?”. No, le respondió. Deberá aplicarse una crema para disminuir la inflamación y volver a consulta dentro de una semana para evaluar.
Al salir del hospital, Hortensia pidió a su marido que se detuvieran en primera farmacia que se les cruzó en el camino. Quería tener a mano los medicamento para iniciar su tratamiento de inmediato.
–¿Qué busca? -dijo secamente el farmaceuta.
–¡Esto! -replicó el marido de Hortensia, estirando el brazo para alcanzarle el récipe firmado por el médico.
El farmaceuta se ajustó los lentes, leyó el récipe y se fue a buscar en los anaqueles. Volvió con una bolsita de papel que contenía los medicamentos indicados.
–Adentro está todo. Son tres millones quinientos mil bolívares -dijo.
El marido de Hortensia pagó y salió de la farmacia.
***
En su casa, Hortensia debió saludar y contar a sus familiares detalles sobre la operación que no publicaría ante nadie más. Después de un café, los despachó, pero antes de descansar quiso iniciar con su tratamiento de inmediato.
Se fue al baño, abrió la bolsita de papel que contenía unos antibióticos, unas pastillas que solo tomaría en caso de dolor y la crema de nombre raro que debía untar en su vagina.
Ella no reparó en el empaque y siguiendo la instrucción del cirujano, puso la crema en su dedo índice y aplicó abundantemente en los labios de la vagina. Salió del baño y se echó en la cama.
***
Un grito alertó al marido que estaba metido debajo del auto haciendo unas reparaciones. Llegó corriendo a la habitación y halló a Hortensia echa un mar de llanto.
–Tengo algo malo, tengo algo malo -gritó, pero el marido seguía sin entender.
–Mira, no puedo orinar. Algo me está quemando la vagina.
Tras revisar la entrepierna de su mujer, el marido de Hortensia llamó al teléfono celular del cirujano y éste, desconcertado, pidió al esposo que leyera los detalles escritos en el empaque de la crema que le indicó.
–Dice esto, doctor: Corega Ultra, mantiene las prótesis dentales fijas hasta por 12 horas. Forma un sello que ayuda a evitar, que la comida quede atrapada entre la prótesis y las encías”.
(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015.
Desde que César Tobio tiene uso de razón recuerda una guitarra en su casa. Él es sanrafaelino de pura cepa. Nació en Villa Atuel hace 40 años, pero en su memoria aún resuena su infancia como la nostalgia de un limonero cuando pierde sus hojas: “Mi padre trabajando la viña, mi madre a la orilla del horno de barro esperando que se haga el pan, la uva en el parral, el patio de tierra con un mate cocido en la merienda, mis hermanos jugando, uffff, hay tantas cosas que no alcanzo a contarlas todas, muy lindas por cierto”, dice César.
Por estos días de cuarentena repasa una palabra que mueve y direcciona: esperanza. Siente que atravesamos algo nuevo. Ha aprendido que lo más importante es ser una persona ordenada y respetuosa. “La verdad da un poco de miedo saber que en el mundo no somos nada, o somos insignificancia, entonces aprendo a cuidar a mi familia, que es lo más importante que tengo, también aprendo a ser más solidario y todo eso me lleva a construir un mundito personalizado. Pienso en las nuevas formas de vida, pienso en el futuro de mi hija y quiero lo mejor para todo mi entorno, para los niños de San Rafael, pienso en generar nuevas formas de difusión con mensajes de un bonito aprendizaje para los niños, que son nuestro futuro, tenemos en nuestras manos la oportunidad de ser esperanza”.
–¿Cómo es su vínculo con la guitarra?
–Mi vínculo es pura y exclusivamente familiar: mi madre cantora de folclore cuyano y mi padre también con algún conocimiento musical; solo que todo esto es innato, desde lo más bonito del alma. Aprender mirando y, sobre todas las cosas, escuchando.
–¿Vive completamente de la música?
–Para ser franco, en mis 40 años y no sé si en la historia de San Rafael hubo alguien que vivió de la música solamente, yo lo miro como a la cocina, tiene que tener un poco de todo para que quede sabroso, la vida es muy bonita si le sumamos un poco de todo para alivianar responsabilidades.
–¿Compone?
–Todavía no tengo el placer de sentarme a componer, la vida ha sido tan maravillosa y comprensible conmigo que solo me he dedicado a tocar lo que más me gusta, mis amigos me han dado el permiso siempre de hacer música de esta manera y te juro que hasta ahora no he encontrado un reproche.
Un mensaje argentino
“El folclore es el idioma universal del pueblo, sus letras, su música, sus diferentes regiones. Todo tiene que ver con un mensaje argentino y bueno, yo como cuyano amo mi folclore regional y por ende el nacional. Siempre”, dice César.
Él cree que no solo la tonada debe perpetuarse, sino que es momento de darse cuenta de que el folclore es identidad nacional. “Es lo que nos hace mirarnos como argentinos, entonces creo que todo el folclore debe perpetuarse”.
–¿Tiene algún género o ritmo favorito? ¿Con cuál se lleva mejor?
–Tengo la música como referencia, lo que está dentro es un mundo interminable donde no hay formas de definir un género favorito. Como te dije, comencé desde muy chico, y todo ha sido en un abrir y cerrar de ojos y me falta tiempo para seguir descubriendo las rítmicas y los géneros, son todos hermosos, desde la música barroca a lo último contemporáneo, todo es algo sin fin.
PROYECTOS
Cardón es el proyecto actual de César Tobio, pero sus inicios se ubican en la ciudad de Buenos Aires. Trabajó con música mexicana y cuando regresó a San Rafael, estuvo con cantantes solistas y grupos de folclore: La Cruz, Los Nuevos Argentinos, Los GuardaMontes. Tuvo el placer de armar la presentación del disco “Entre el mar y la montaña” de la reconocida cantante Vanina Fernández. Trabajó con Estela Gutiérrez en sus proyectos y también fue invitado a su último trabajo discográfico. También colaboró con el dúo Lewis Ríos, y de invitado en la presentación del disco de sus grandes amigos Beto y Julio Tobares. En música de fusión trabajó con La Banda de Miércoles y La Cuiana Trío. Musicalizó alguna obra de teatro y actualmente trabaja en un proyecto con la cantante sanrafaelina y gran artista Valeria Hurtado. Además, forma parte de la actual Orquesta Municipal. “Desde ahí tratamos de defender la cultura de San Rafael”.
Estatua de Lenin en Fremont, durante el Desfile del Solsticio de Verano en 2009, Seattle. Foto: Sean O’Neill / Flickr
En el primer país del planeta, el territorio protagonista de las películas de aliens y zombies, donde el sueño americano se esconde bajo tierra, arden los neumáticos y las calles se ensalzan de algarabía y bronca. Manifestaciones gigantes, cortes, barricadas. Si no fuera por la pinta gringa, cualquiera diría que sucede en Plaza de Mayo con Pitrola caminando por ahí, pero es más probable que veamos a Will Smith desahuciado en esas postales.
Allí la tierra madre de la Constitución de la República Argentina sufre de la ausencia de su práctica, desde siempre, al parecer. Al final la Carta Magna es puro texto, como todas las constituciones, según dicen. En los hechos sucede que nadie cuida a las mujeres y hombres de «América» y las fuerzas de la ley y el orden reprimen a los trabajadores rebelados. Eso ya no es una historia exclusiva de América Latina.
En las plazas arden y caen los monumentos de los esclavistas, de los traidores, de los interesados y los tiranos. Las fogatas iluminan las noches y las vidrieras tapadas en su totalidad por el temor de que un octubre de Santiago de Chile se repita una y otra vez. Y ni las vidrieras aguantan en Estados Unidos. La noche americana es, por cierto, una mezcla de reivindicaciones viejas, tan viejas como el sistema imperante, y apuntan más allá de la justicia por un muerto. Los que están instalados quieren creer que el eje es la lucha de las minorías, pero son solamente un escalón de la crisis en la que han sumido a los pueblos del mundo y que despiertan en barricadas de lado a lado del país.
El checoslovaco Emil Venkov realizó una escultura de Lenin hace más de 30 años. La caída de la Unión Soviética hizo que el padre bolchevique termine en una chatarrería y por las más extrañas curiosidades del mundo su estatua, ahora, es figura de un nuevo proceso histórico del otro lado del mundo. Vladimir es un comunista incansable, un militante capaz de estar en todas las revueltas, a veces, como en Seattle, haciendo presencia en el medio de la plaza. Si bien Lenin no estaría de acuerdo en llamarse padre y se enojaría bastante, mucho más ahora que es un hombre de metal que mira con el ceño fruncido el horizonte.
En este capitalismo hiperglobalizado, donde abundan los avances tecnológicos de racionalidad instrumental, las guerras o hipótesis de conflicto, las armas de destrucción masiva, los daños ecológicos irreversibles a gran escala, las crisis económicas y políticas de shock, las pandemias o epidemias de origen zootónico, y muchas otras señales ominosas de colapso civilizatorio, no debiera llamarnos la atención que las distopías posapocalípticas hayan llegado a ser una manifestación artística sin fronteras, tan universal. Pero hay un país donde este subgénero literario y cinematográfico se ha convertido en toda una tradición nacional: Australia. La expresión más icónica de esto es la saga Mad Max, de George Miller, cuya primera película se estrenó en 1979, contra el telón de fondo de la crisis del petróleo (la primera en el 73, la segunda en el 79), coyuntura histórica que marcó a fuego el argumento del film, algo que se advierte fácilmente con solo mirarlo.
No pretendo aquí, de ningún modo, negar o minimizar el gran impacto de Mad Max en el imaginario social australiano. Su importancia en la consolidación y masificación de la temática posapocalíptica, dentro y fuera de Australia, está fuera de discusión (recomiendo especialmente, en tal sentido, la lectura del libro The Mad Max Effect: Road Warriors in International Exploitation Cinema, de James Newton, editado por Bloomsbury Publishing USA en junio del año pasado). Sin embargo, es bueno recordar que el puntapié inicial, en la cultura australiana, lo dio la novela On the Beach, de Nevil Shute, allá por 1952. Siete años después, fue llevada al cine por Stanley Kramer junto a Gregory Peck, Ava Gardner, Fred Astaire y Anthony Perkins, consagrándose como un clásico del Hollywood dorado. En medio de una segunda posguerra mundial ya totalmente ensombrecida por la guerra fría, donde cundía el pánico alarmista a que una tercera guerra mundial pudiera abrir la caja de Pandora del uso indiscriminado de armas atómicas, On the Beach vino a sentar las bases de la ficción posapocalíptica australiana.
¿De qué trata On the Beach? Básicamente, de cómo la futurible Australia de 1963, que inicialmente se ha salvado de la catástrofe nuclear que ha devastado el hemisferio norte, espera la llegada fatal de ceniza radioactiva a sus latitudes australes, entre el temor al desastre y la esperanza de supervivencia. Survivalismo en su máxima expresión. Pero no a la manera yanqui de individuos o familias preppers, que tienen un búnker secreto donde almacenan agua y alimentos no perecederos, sino a la manera australiana. ¿Cuál es la manera Aussie, australiana? La fantasía de una isla continente alejada del resto del mundo, y por ello, a priori, menos insegura que el resto del mundo…
La utopía del excepcionalismo australiano
La variante Aussie de la ficción posapocalíptica se entronca con otra tradición cultural más añeja: el excepcionalismo australiano, la creencia en la excepcionalidad virtuosa y venturosa de Australia. Esta creencia contiene altas dosis de nacionalismo romántico, y suele ir de la mano –no siempre, pero muy a menudo– con el patrioterismo, la xenofobia y el racismo (léase: el mito conservador de la White Australia). El excepcionalismo Aussie sostiene que Australia es un país singularmente bendecido, una nación grandiosa y ejemplar, algo así como la Yanquilandia del hemisferio sur. En otras palabras, la versión austral del Destino Manifiesto, pero sin ínfulas de superpotencia, sin veleidades de hegemonía imperial universal.
Hay un libro estupendo al respecto: Only in Australia.The History, Politics, and Economics of Australian Exceptionalism, de William Coleman (Oxford University Press, 2016). Se trata de una compilación de quince artículos, a cargo de diferentes especialistas. En cada capítulo se explora un determinado problema o aspecto particular del excepcionalismo australiano. La lectura de esta obra ha resultado vital para la escritura del presente ensayo.
El mito según el cual Australia sería una nueva Tierra Prometida en el remoto sur, en el «fin del mundo», es muy antigua. Los geógrafos griegos y romanos, siguiendo a Aristóteles y su errónea elucubración sobre las presuntas simetrías y contrapesos de las masas terrestres, especulaban que debía haber un continente en el extremo meridional del océano Índico. Ptolomeo fue el principal promotor de esta teoría, que en el Renacimiento alcanzó una amplia difusión entre los cartógrafos y exploradores europeos. Rara vez faltaba en los mapamundis la imaginaria Terra Australis Ignota o Terra AustralisIncognita, que se extendía alrededor del Polo Sur, como la Antártida, pero que llegaba hasta latitudes mucho más norteñas, de clima templado. Tras los viajes de Colón, muchos navegantes la buscaron, y algunos creyeron haberla encontrado. Magallanes, por ejemplo, en 1520, creyó que Tierra del Fuego podía ser el extremo septentrional del misterioso continente. Otro tanto sucedió con Fernández de Quirós cuando en 1606, durante su travesía por el Pacífico, se topó con la mayor de las islas Vanatu, a la que bautizó Espíritu Santo. Análogamente, Tasman asumió que Nueva Zelanda era parte de la Terra Australis Ignota cuando avistó y recorrió las costas de Nueva Zelanda, en 1642.
Pero fue, sin dudas, la ínsula que hoy llamamos Australia –su nombre ya lo delata– la que más quedó asociada a la Terra Australis Incognita en el imaginario cultural europeo de la modernidad, debido a su inmensa extensión geográfica. Quién fue el primer marino europeo que la exploró, y cuándo exactamente, es materia de un intenso debate historiográfico que aquí no viene a cuento. El del holandés Willem Janszoon, en 1606, es el primer viaje bien documentado e indiscutido, pero es probable que algún portugués o español haya llegado antes, en el siglo XVI.
Sea como fuere, el «descubrimiento» europeo de Australia ha sido tradicionalmente adjudicado al inglés James Cook, en 1770, que daría origen al proceso de conquista y colonización británicas de la isla, a partir de 1788, con la fundación de la actual Sídney y la creación de Nueva Gales del Sur. Todo ese proceso estuvo fuertemente impregnado por el utopismo de una nueva Tierra Prometida en los confines meridionales del orbe. Curiosamente, esa pulsión de imaginación idealista no se vio refrenada por la cruda realidad de las colonias penales, tan decisivas en la formación histórica de la Australia británica (la mayoría de las provincias australianas nacieron como asentamientos de convictos deportados desde la metrópoli u otros territorios de ultramar, incluyendo aquellas más antiguas o importantes, como Nueva Gales del Sur, Tasmania, Victoria y Queensland).
La Terra Australis dejó pronto de ser una incógnita en sus costas pacíficas e índicas, en su litoral meridional y septentrional; y luego dejó de serlo, también, en el Bush fronterizo de más adentro, con sus pioneros y pastores, buscadores de oro y bandoleros, al estilo Far West. Pero lo siguió siendo, por bastante tiempo más, en su territorio desértico y rojizo del interior profundo, inconmensurablemente vasto y caluroso: el Outback. El Outback fue explorado a lo largo todo el siglo XIX, y aun en las primeras décadas de la centuria pasada. Todavía en tiempos tan tardíos como la Segunda Guerra Mundial, cuando ya eran notorios los efectos de la penetración capitalista (pujante desarrollo de la ganadería extensiva en el Territorio del Norte, con las cattle stations –estancias o ranchos– que exportaban su producción vacuna desde el puerto de Darwin), el Outback no había perdido del todo su aura romántica de anecúmene salvaje, de terra incognita, como puede apreciarse en la película hollywoodense Australia (2008), de Baz Luhrmann, con Nicole Kidman y Hugh Jackman.
Pero volvamos al excepcionalismo australiano, del que ya conocemos su veta utópica primigenia. Desde luego que Australia no es el único país que se ha asumido como una excepción. También lo han hecho Roma, España, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, Estados Unidos, Japón, Israel, Etiopía… Incluso Argentina, con el fenómeno peronista. Cada uno a su manera, por supuesto. Las premisas ideológicas no han sido siempre las mismas, aunque algunas se han reiterado bastante, como la noción de pueblo elegido o el ideal del destino imperial.
Cabe entonces hacerse esta pregunta: ¿en qué se basa la presunta condición sui generis de Australia, según el excepcionalismo australiano? Se han escrito regueros de tinta al respecto, libros y más libros. Aquí nos bastará con una somera esquematización. Puede decirse, grosso modo, que el excepcionalismo australiano se basa en la combinación –no siempre del todo explícita– de los siguientes atributos o caracteres: 1) gigantismo insular cuasi-continental, 2) ubicación geográfica excéntrica y remota (hemisferio sur/Pacífico), 3) singularidades geológicas y edafológicas, 4) alta tasa de endemismo botánico y zoológico, 5) baja densidad demográfica (no superpoblación), 6) economía capitalista desarrollada, 7) democracia parlamentaria, 8) Welfare State o Estado de bienestar, 9) clase media muy numerosa e influyente (mesocracia), 10) población homogéneamente blanca (exigua cantidad de indígenas y afrodescendientes, ausencia de mestizaje, etc.), 11) raíces civilizatorias occidentales y cristianas, 12) alianza geoestratégica con la OTAN, 13) anticomunismo, 14) herencia de la britaneidad (predominio del elemento étnico Anglo-Celtic), 15) ecumenismo religioso sin supremacía anglicana ni católica, y, por último, 16) configuración histórica de país nuevo con inmigración aluvial y sociedad de frontera dinamizada por pioneers, sin rémoras despóticas, ni aristocráticas, ni feudales.
Una digresión: no siempre la ideología del excepcionalismo australiano presenta todos estos ideologemas. Hay también variantes menos conservadoras, más políticamente correctas. Aquellas que, por ej., se distancian de la tradición supremacista de la White Australia, del blanqueamiento genocida o etnocida contra los pueblos originarios de la isla, y de la discriminación conspiranoica contra la inmigración china o japonesa (mito racista y xenofóbico del Yellow Peril o «peligro amarillo», que tuvo su paroxismo en las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del XX). Pero lo más común ha sido que el autobombo del excepcionalismo australiano derive en posiciones de derecha: chovinismo, supremacismo blanco, resabios de la geopolítica del Lebensraum o «espacio vital», cupos inmigratorios por raza, etc.*
La distopía posapocalíptica Aussie
Retomemos nuestro hilo conductor. La ficción posapocalíptica Aussie ha abrevado mucho en el manantial del excepcionalismo australiano, aunque esto no siempre sea evidente. Es un subgénero que condensa y expresa la confianza o la fe ciegas en la excepcionalidad de Australia y su destino glorioso. Podemos hablar, en este sentido, de cierto optimismo nacionalista en modo Aussie.
Pero la ficción posapocalíptica australiana también es hija de cierto pesimismo o inseguridad: el temor al cambio climático y sus consecuencias. Por razones geográficas, Australia es una de las regiones más vulnerables del mundo al calentamiento global y la crisis hídrica: desertización, sequías, incendios… Mad Max y muchas otras películas o novelas australianas han tematizado con obsesiva insistencia el cambio climático en clave catastrofista.
Esta ambivalencia, esta oscilación entre optimismo y pesimismo, ha dado lugar a una tensión paradójica en la tradición posapocalíptica Aussie: la Australia del futuro como utopía y distopía a la vez, en simultáneo. Porque si la ínsula gigante del Pacífico Sur no se salva del Armagedón, tiene, de todas formas, el privilegio de sufrirlo menos que los otros países o continentes, o más tarde, como en On the Beach. Australia asume así, pues, un rol providencial y mesiánico en la historia universal, como último baluarte o vestigio de la ecúmene, tras el cataclismo planetario. Hay en esto, claramente, un regodeo narcisista –consciente o inconsciente– en imaginar que la mayor isla de nuestro planeta está llamada a ser algo así como el arca de Noé de la biosfera y antroposfera, el canto del cisne de una humanidad sitiada por el caos y la extinción; o en todo caso, una distopía decadente y primitivista en medio del vacío, que al menos es capaz de ofrecer aventura, epopeya, drama o tragedia a su gente (porque la dura lucha por la supervivencia, prerrogativa exclusiva de Australia, parece ser un destino mejor –o menos malo– que la nada misma del resto del mundo). Todo es relativo, se sabe: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Por muy horrenda y cruel que sea esa Australia distópica del posapocalipsis, de momento en que está rodeada por un anecúmene donde ya nada vivo –absolutamente nada– subsiste, algo de utópico todavía ha de palpitar en ella, y en sus héroes survivalistas de ambigua moral que no se resignan a la muerte, el hambre o la esclavitud.
Esto es muy notorio, por ejemplo, en Mad Max: Fury Road, el último y más logrado largometraje del ciclo futurista de Miller. En un mundo desertizado, diezmado e involucionado a causa de una catástrofe nuclear y una sequía sin precedentes, la vida humana se ve signada por la escasez. Falta de agua, de alimentos, de combustible, de seguridad, de bienestar, de libertad… Un yermo de aspecto marciano –the Wasteland– rodea amenazante a una diminuta biosfera, cual espada de Damocles. La antroposfera es mínima y precaria. Nuestra especie retrocedió a un primitivo y caótico estado de naturaleza hobbesiano. La existencia gregaria del homo sapiens quedó reducida a una egoísta, agonal y violenta bellum omnium contra omnes o «guerra de todos contra todos». El contrato social se rompió. La civilización, gravemente dañada por las guerras capitalistas del petróleo y del agua, colapsó con el Pox-eclipse (hecatombe atómica).
Eso sí: allá lejos, en el sur del Pacífico, Australia sufre menos el Pox-eclipse que otras regiones del orbe… Al parecer, las grandes ciudades de la costa, como Sídney y Melbourne, no se salvan de la lluvia radiactiva. Pero el Outback, el interior desértico de la isla, la Australia profunda del mito romántico, sí permanece relativamente al margen del desastre nuclear, aunque nada viene a mitigar su extrema aridez natural, su histórica escasez de agua. Contra todo pronóstico, el inclemente Outback se convierte en el último refugio de quienes emigran desde las urbes costeras para sobrevivir. Entonces recibe un nuevo nombre: the Wasteland, la Tierra Yerma.**
Una aclaración: todo esto lo sabemos –o inferimos– no tanto por las películas de Mad Max en sí, que son un tanto parcas en información (porque privilegian la acción), sino, más bien, por las historietas de DC Vertigo, más explícitas y profusas en sus referencias contextuales. Entre mayo y septiembre de 2015, tras el estreno de Fury Road, Miller lanzó cuatro novelas gráficas, precuelas de este último film, en compañía del escritor Nico Lathouris y el dibujante Mark Sexton. Estos cómics permiten completar el rompecabezas del universo Mad Max. A decir verdad, el ciclo cinematográfico está lejos de agotar la trama…
La poca humanidad superviviente se concentra en la Ciudadela –un acuífero fortificado– y otros oasis satélites de la Tierra Yerma, donde se rinde a los pies de un warlord siniestro, Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne). Desde su plácido pero inaccesible Santuario en las alturas, este déspota desquiciado, este tirano corrupto y cruel, garantiza un mínimo de orden político y subsistencia material a sus súbditos por medio de la fuerza, el terror, la manipulación y las dádivas. Acapara el agua y la suministra a cuentagotas, generando una obediencia extorsiva.
Imperator Furiosa (Charlize Theron), lugarteniente de Immortan Joe, huye sorpresivamente de la Ciudadela a bordo del War Rig, un camión cisterna blindado, llevándose consigo las cinco esposas del sátrapa, hasta entonces condenadas a una degradante servidumbre sexual y eugenésica. Immortan Joe, lleno de rabia y sediento de venganza, sale en persecución de Furiosa, acompañado de su ejército motorizado y fanatizado de War Boys. Durante la vertiginosa y desesperada huida por el desierto, la heroína suma un compañero de aventuras: Max Rockatansky (Tom Hardy), un esclavo fugitivo que era usado como transfusor de sangre las 24 horas del día. Max se volverá también un héroe de la road movie posapocalíptica, aunque a su modo. Un modo que no es el convencional –idealizado– del género épico, sino el heterodoxo –ambiguo– de un western revisionista.
Cuando Furiosa y compañía traspasan el Lugar Verde, otrora un valle fértil y ahora un pantano malsano, se topan con las Vuvalini, su tribu natal. Es una comuna residual de mujeres guerreras que languidece porque ya no puede subsistir de la agricultura, que está organizada como un matriarcado y que ha adquirido la costumbre –¿misándrica o prudente?– de expulsar a la prole masculina, como las amazonas de la mitología grecorromana. Las Vuvalini representan algo así como el canto del cisne de una humanidad que no ha olvidado del todo el humanismo, ciertos ideales u horizontes éticos de la cultura preapocalíptica. Ellas y su sororidad comunitaria –con reminiscencias anarcofeministas– son una partícula de la antroposfera donde aún se mantiene encendida la llama de la solidaridad en la noche del sálvese quien pueda, de la barbarie fratricida, del homo homini lupus.
Si la Tierra Yerma encarna la rareza survivalista de un mundo posapocalíptico dominado por la vacuidad de la muerte, las Vuvalini y sus huéspedes de improviso –Furiosa con su banda prófuga– constituyen la anomalía esperanzadora de la Tierra Yerma. Una excepción dentro de otra excepción. Una micro-utopía dentro de una macro-distopía. Ambas irregularidades –la supervivencia en medio de la desolación tanática y la solidaridad en medio del egoísmo despiadado– acontecen en la Australia profunda del Outback. No es algo casual, sino deseado. Se trata de una elección ideológica, no de un antojo estético.
Toda ficción expresa o esconde una pulsión. Todo producto de la imaginación autoral encuentra poderosos nutrientes en el sustrato del imaginario social, ya se trate de una obra de arte realista o fantástica. Resulta imposible comprender a fondo Mad Max si se hace abstracción del excepcionalismo australiano, el humus fértil donde el cineasta George Miller –que es oriundo de Australia– ha tramado sus parábolas futuristas sobre la caída y redención de la humanidad.
NOTAS
* En el caso particular de Australia Meridional, como bien ha hecho notar una historiadora de esa provincia, el imaginario excepcionalista añade otro ingrediente conservador al cóctel, de carácter fuertemente localista: el orgullo purista por un origen histórico-inmigratorio más «respetable», sin toda esa «escoria» de reclusos deportados (ladrones, desertores, prostitutas, asesinos, sediciosos de izquierda, etc.) que hubo en las provincias orientales más populosas, en la isla de Tasmania o en Australia Occidental. Cf. Quartly, Marian, “Turning the yellow South Australian hills green?”. En Honest History, 21 de marzo de 2017,
“En el teatro independiente no hay que parar nunca, si te quedas quietx, perdés. Hay que moverse, hacerse cargo de lo que generamos y justamente seguir generando. Si esperamos que el Gobierno venga a darnos una mano, estamos fritos. Hacer solx, de a dos, en colectividad. Hacer, hacer y hacer”. Estas palabras de Kevin Viñals, payaso callejero, actor, malabarista, pedagogo y trombonista, retumban como eco. Él será parte de “Una Varieté de Película”, que se realizará este domingo 13 de diciembre a las 22 horas desde el Espacio Alondra, ubicado en la Ciudad de Mendoza.
Comenta que el público se encontrará con una varieté muy divertida, humor para toda la familia, por momentos poética, por otros absurda, peligrosa, pero por sobre todas las cosas con mucho amor. “‘Una Varieté de Película’ nace como necesidad de acompañarnos en un proceso de creación individual para llevarlo a lo grupal. En junio de este año, cuando se habilitaron las actividades, un grupo de personas nos juntamos a entrenar en la Casita Colectiva, donde funciona el Espacio Alondra, nos pasábamos información o data que cada unx tenía. Y luego surgió la idea de hacer una varieté, queríamos actuar y los espacios estaban cerrados para presentar espectáculos. Decidimos llamar a Maxi Rodríguez para filmar, quien vino con Rocío Fornasari, que también estaba con la cámara. Hicimos sorteos para pagar la edición y autogestivamente terminamos con una varieté en la cual nos sentimos muy contentxs. Se trata de números variados de circo (clown, malabar, tela, trapecio, cuerda lisa y música), en esa marea de presentar se nos ocurrió hilarla a través de tomas con claquetas entre número y número y un dúo de payasxs nos llevarán por toda la varieté entre risas y torpezas”.
Resistencia
Cuando Kevin se coloca la nariz roja, se siente libre. Es lo más preciado que tiene. Le permite conectar con el mundo, con los otros. Para él es sinónimo de resistencia. “Una invitación a respirar todo, a ver con otros ojos todo”, dice.
Ser payaso fue una decisión que agarró vuelo. Aunque diez minutos antes de salir a escena le den ganas de ir al baño y de salir corriendo, respira y pega un salto, pero ya frente al público vuelve a vivir, el corazón le late fuerte, salta de nuevo y explota de emoción. Se le dispara la adrenalina. Entiende que hacer reír no es fácil, pero el tiempo le ha dado algo de sabiduría para arrancar sonrisas y hasta carcajadas. “Amo ser payaso”, dice.
Él tiene 27 años de edad y vive en Junín a veces y en Godoy Cruz otras. Cuenta que la pandemia ha sido durísima, porque el total de sus ingresos venían de trabajar en la calle y ahora todo se complicó. “Se puso en evidencia la desprotección del Estado hacia el sector cultural”, agrega.
–¿Cómo se aprende este oficio?
–Aprendí saliendo a la calle, primero con amigxs, y después con el desafío de salir solo. El momento de crear es complicado, venimos cargados de prejuicios que nos inculcan, entonces pensás un montón y justamente lo que hay que hacer es no pensar. Sentirse libre de crear y de ser.
–¿Eres de improvisar sobre el escenario?
–Me encanta improvisar, más allá de que tenés la rutina armada, sería contradictorio no hacer cosas nuevas cada que salís a escena. No reprimirse nada. Ser con lo que pasa en el momento, el aquí y ahora. Un perro ladra, le respondés en medio de la función. No pasa nada, el permiso a hacer lo que queramos ya lo tenemos cuando dimos el primer paso.
Varieté
¿Dónde la puedo ver?
UNA VARIETÉ DE PELÍCULA – YouTube
¿Me tengo que suscribir al canal de YouTube?
¡Sí!
¿Cómo es lo de la gorra virtual?
Podés pagar tu entrada o hacer tu aporte consciente a través de los links que figuran en la descripción del video de Youtube. También aparece un CBU al que podés transferir directamente.
Participan: Glenda del Carlo, Ale Agüero, Kevin Viñals, Pame Hübbe, Candela Osorio, Cristian Castro Arce, Paloma Ampuero, Guadalupe Santiv’añez, Carlos Álvarez
En Asistencia Técnica: Tomas Guzzante Quadri, Jorge Escalante, Matías Astudillo.
Formado a partir de la profunda necesidad de expresión que tiene un grupo de docentes de arte que por circunstancias históricas, sociales y personales no concretan realizar sus propias producciones ya que se ven frustradas en tiempo, espacio y dinero para poder hacerlo…
Reunidas por el lenguaje de las artes visuales, el compañerismo, ideales, emociones y sentimientos, deciden conformar este colectivo de arte y fijar, entre otros, estos objetivos en común.
Apoyarse, para encontrar el camino de expresión personal.
Generar el espacio de encuentro y compromiso consigo mismo y con el grupo.
Dar luz y voz a sus creaciones.
Compartir con el otro… mostrar y abrir a diálogo sus producciones.
Así nace Intuiciones… y elige ese nombre para representarse porque así fue el camino del encuentro, intuitivo, buscando entre todas poder hacerse a través del arte más valientes, enteras, fuertes y visibles. Buscando dar imágenes a sus voces.
Intuiciones nace en octubre de 2018 de la magia que da el trabajar juntas, por objetivos comunes, en una escuela secundaria de San Rafael, Mendoza, Argentina. Allí, en esos encuentros de ardua tarea, se gesta la iniciativa, y el acuerdo.
Y comienza el trabajo, con el compromiso personal y hacia el grupo, que sostenga, apoye, anime…
No es un estilo, ni un modo expresivo, ni el desarrollo de técnicas nuevas lo que las reúne, sino la urgente necesidad de expresión, así, cada artista aporta su visión sobre una temática elegida en procesos de discusión colectivos.
Eclecticismo, variedad de formas y de estilos, diversidad, similitudes y diferencias son los elementos no visuales que transmite este colectivo, sobre diferentes problemáticas que atañen a la vida, al sentir y al hacer.
El trabajo personal aportando al colectivo, el colectivo proyectándose hacia el exterior y creando una historia.
En septiembre de 2019 realiza la primera exposición, «Mujer Infinita», con la participación de 28 artistas, en la prestigiosa Universidad Nacional de Cuyo, sede San Rafael.
Como a todos, la pandemia frustra los planes de 2020, pero como todos, encuentra la manera de fortalecerse y hoy presenta en la Galería de Arte Patagonia la muestra virtual «Para las Paula»… un tema que nos atraviesa como sociedad y hace eco de los excesos provocados a la mujer… Propone elevarla, iluminarla, aceptarla con sus defectos y virtudes, sus aciertos y errores, hacia un futuro inmediato, en el que sea respetada por el solo hecho de ser.
En esta presentación de Intuiciones participan, por orden alfabético, las siguientes artistas visuales:
Brizuela, Marcela Mirna. Grabadora
Fascio, Paula. Grabadora
Hurtado, Noemí. Dibujante pintora
Lesjak, Vanina. Escultora
Lucero, Amelia. Pintora
Merenda, Daniela. Escultora ceramista
Navarro, Laura. Pintora
Segura, Adriana. Pintora
Segura, Silvia. Grabadora
Parra, Nancy. Pintora
Pérez, Rosa Irene. Pintora
Buen viaje – Marcela Brizuela Corazón grande – Daniela Merenda El banco rojo – Rosa Pérez Trenzando el dolor – Meli Lucero Sopa y amor – Laura Navarro Permíteme volar – Nancy Parra Hubiera o hubiese – Adriana Segura En tu perfume… Paula Toledo – Silvia Segura Frágil ante la tormenta, valiente ante los corazones oscuros – Noemí Hurtado
«Para las Paula»
En una sociedad marcada por la violencia de género. En una sociedad en que durante siglos las mujeres nos vimos obligadas a la sumisión y al silencio.
En una sociedad en la que día a día el número de femicidios crece, siempre ha sido el arte el mejor camino para cuestionar y superar la desigualdad dentro del sistema patriarcal en el que nos encontramos inmersas.
Hoy es Paula Toledo el móvil de nuestra acción y en su nombre continuamos la lucha incansable de una madre que es ejemplo de fortaleza, una lucha que jamás se debe olvidar.
Por ese motivo buscamos visibilizar a través del arte el recuerdo de todas esas mujeres que a pesar de la injusticia vuelven a nuestras mentes, a nuestras voces, a nuestras manos para recordarnos que somos lo que dejamos en los demás, somos el milagro de la creación, portavoces de cientos de historias que no se deben olvidar, mujeres que creamos, mujeres que transitamos espacios compartidos por quienes hoy fueron, son y serán fuente de inspiración.
Cinco artistas pasaron de la amistad a la música y de la música a la amistad en el invierno de 2019. Paula Neder, Juan Farré, Ignacia Etcheverry, Maxi Guiñazú y Dorian Maronich se aislaron durante cinco días para crear en una casa en El Nihuil.
Lejos de distracciones y de tareas habituales, Les Wonderers, nombre de la banda, se dedicaron a componer de forma colectiva. Pudieron indagar en el interior de cada uno, soportaron temperaturas de 14° bajo cero, se les congeló el agua, mateaban en las mañanas y después se juntaban a ensayar con un torrente de acordes, letras y sonidos. El ilustrador Martín Rusca los dibujó y les cocinó riquísimo, y Agostina Favaro y Nico los registraron en imágenes. “Son hermosos recuerdos”, dice Maxi Guiñazú.
Este de 7 agosto presentarán el disco “Canción de Invierno”. Siete temas nacidos para disfrutar. “Fue una experiencia movilizante en lo humano y lo musical. Las canciones tienen una energía muy especial de esos días que estuvimos jugando a crear. Tienen un audio que no es de estudio ni es en vivo. Está empapado de ese momento, una foto de ese instante, y que podrán escuchar este viernes, canciones llenas de energía y de emocionalidad que se generaron en esa búsqueda, desde la composición colectiva, que fue ayudada por el paisaje hermoso de El Nihuil”, dice Maxi Guiñazú.
–¿Qué significa Les Wonderers?
–Cuando armamos el grupo de Whatsapp para convocar y hacer la logística, recordé que hay un club de Uruguay y otro de Chile que se llaman Wanderers, pero también me di cuenta de que “wonder” se relaciona con algo maravilloso. En definitiva, no es por un significado en especial, había que ponerle un nombre al grupo de Whatsapp y quedó así. Después los chicos tomaron el nombre como propio y empezó a llamarse así la banda.
Maxi explica que la esencia y el aporte de cada integrante de Les Wonderers es que cada uno hace una música diferente: “Unos hacen más rock, otros electrónica, folclore. De ahí la composición se hace en colectivo, cada quien deja su impronta. La esencia es buscar algo que sea conjunto”.
Este proyecto pudieron financiarlo gracias a la ayuda de un montón de gente. Ofrecieron algunas recompensas a través de la plataforma idea.me y también contribuyeron negocios locales como El Secreto; La Granadina Artesanal, de la calle Sarmiento; Fabricio Orlando Wines (FOW) y Bodega Ibarra, que compartieron vinos.
“Con la cuarentena me ha llegado cada flequillo…”, dice Tomás Dudka sonriente mientras prepara un té de hierbas y otro de menta. “Pero me hace feliz que puedan venir a que se los arregle. Que la gente se sienta bien es el motor que me anima a seguir trabajando. Esa buena energía que transmiten las personas cuando salen de acá. Que se sientan bien consigo mismas está rebueno”.
Desde que llegó a «Le Tomì», en la avenida 9 de Julio, en septiembre del año pasado, se convirtió en un barbero/peluquero. Cada día deconstruye este oficio, al que en la antigua Grecia y Roma solo los ricos podían acceder a través de un “hábil esclavo con navajas, peines y espejos”.
“Acá tengo el recurso de mi mamá, quien es peluquera hace más de 20 años. Ella me enseña un montón de cosas: tratamientos, reflejos, decoloraciones. Por eso estoy fusionando las técnicas de la barbería con la peluquería. Es una gran oportunidad porque ella me explica y veo la práctica con sus clientas”, dice.
Para Tomi, como lo llaman sus amigos, cada cabeza es un mundo. Tiene clientes que le dicen: “Necesito un cambio radical. Haceme algo, no sé qué quiero, pero hacelo”. “La gente está más indecisa cuando se viene a cortar, pero yo los voy guiando: si te hacés esto, quizá no te quede tan bien, porque hay diferentes tipos de rostros…”.
–¿Te cuestionas el concepto de belleza?
–Considero que puede ser elitista. Para muchos verse bien es comprar ropa supercara, invertir en cirugías para responder a un determinado canon de belleza o adelgazar un montón, en esos términos difiero del concepto de belleza, pero me gusta que la gente se sienta bien consigo misma y luzca como quiera. Venir a la peluquería, a cortarse el pelo, pintarlo, es algo natural porque igual va a crecer.
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De fondo sonaba un Lo Fi Hip Hop. En su sector de la peluquería se asoma Madonna en la portada de una colección ochentera de la revista Gente. Los espejos brillan, huele bien, la luz es perfecta, hay una buena silla, un palo de escoba con un estampado de animal print, en una estantería unas fluoritas y en sus manos las tijeras. Por supuesto, no olvida el protocolo: guantes, horarios, tapabocas, gel de manos. “Este lugar es para hacer terapia”, comenta.
Tomi nació en el hospital Schestakow. Tiene 19 años, estudia el profesorado de Teatro en el IPA y es su propio jefe. “En el pasado he trabajado en diferentes lugares y no tener que depender de un ‘patrón’ que te grite o te trate mal se siente superbién. Somos mi mamá y yo. Si ocurre algo, lo charlamos y no pasa nada, podemos llevarlo de otra manera”. En este lugar atiende a todo tipo de personas, pero el público más allegado oscila entre los 18 y 24 años. “También tengo clientes mayores que buscan cortes más elegantes, sutiles, tratamientos”.
Antes trabajaba a domicilio. Iba en su bicicleta con sus herramientas en una mochila. Distribuía su número entre amigos y conocidos, en Facebook e Instagram, y él iba a sus casas a cortar. Ahora que está en un lugar fijo, ha sido un cambio total. “Es tu espacio, vos lo conocés, te sentís cómodo, puedes generar algo para que la gente se sienta cómoda, tranquila y en confianza. Podés ofrecer un montón de servicios extras: tratamientos faciales, capilares, decoloraciones, colores, cortes variados, extravagantes”.
A Tomi también le gusta bailar. Escucha jazz, blues, música electrónica. Está aprendiendo a bailar dance hall y pertenece a una comparsa de candombe. “Es una manera de canalizar y de entender la música. Cerrás los ojos y empezás a sentir con el cuerpo, la música te llena, te impulsa a mover cada músculo, sentir las vibraciones, una manera de ser libre muy zarpada”.
Mientras terminaba un cambio de look, Tomi desnudó uno de sus deseos. Había surgido una charla y le preguntaron: «¿Cómo quedaron las canas? ¿Se ve alguna?». Y Tomi contestó: «No. Nada. A mí me gustaría tener muchas, muchas, todo el pelo de blanco».
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En tiempos remotos, las barberías o “casas del barbero” se consideraban lugares de interacción social. Servían para expresar las preocupaciones públicas y la participación de los ciudadanos en debates sobre temas de actualidad.
Entre té y charla, y pelos cayendo en el suelo, Tomi desnudó su segundo deseo: “La gente que viene es muy buena onda, estoy tratando de construir un espacio que sea inclusivo, para todo tipo de personas, donde no haya lugar para ningún tipo de violencia, para el racismo ni para la homofobia. Que sea un ambiente tranquilo donde la gente pueda venir, sentirse segura y en confianza”.
–¿Son temas que te mueven?
–Sería muy hipócrita no reconocerlo. Me remueve querer construir un espacio a favor de todas estas causas. Charlaba eso con una amiga, ponele, hubo una época en la Argentina que las panaderías eran recombativas. ¿Por qué desde una peluquería no podemos hacerlo? Presentar mi solidaridad hacia los trabajadores y más en este sistema donde solo hay hambre, miseria y desidia para los laburantes. Si no nos apoyamos entre nosotros, si no nos organizamos, qué hacemos, nos comen los de arriba.
Desde hace siglos en la India y China se practicaba la risa como terapia para equilibrar la salud. En 1995, un profesor de educación física de Mumbai, India, llamado Kataria, creó el Yoga de la Risa, un movimiento que a su vez promovió 5000 clubs de risa, en los que la gente se reúne para reír juntos. Según su opinión su objetivo “es crear una comunidad internacional de personas que crean en el amor y la risa”.
El yoga de la risa prepara el cuerpo y la mente para la felicidad. La risa tiene dos vertientes: una procede del cuerpo y otra de la mente. Los adultos tienden a reír desde la mente: utilizan juicios y evalúan sobre lo que es divertido o no. Los niños ríen siempre que juegan; se ríen desde el cuerpo. De hecho, esta terapia combina sencillas técnicas de respiración, meditación y risa con el fin de cultivar la alegría del niño que todos llevamos dentro.
La risa es un camino luminoso para lograr la relajación, abrir nuestra capacidad de sentir, de amar, de llegar al silencio, al éxtasis, a la creatividad. Recientes estudios indican que mientras reímos liberamos gran cantidad de endorfinas, responsables en gran parte de la sensación de bienestar. En consecuencia, la risa se utiliza para eliminar bloqueos emocionales, físicos, mentales y sexuales, sanar nuestra infancia, como proceso de crecimiento personal.
Un buen ejemplo de los efectos beneficiosos de la risa fue aportado por Norman Cousins, editor de Saturday Review, quien documentó su propia experiencia en el libro “Anatomía de una enfermedad”. Luego de ser diagnosticado de espondilitis anquilosante, una dolorosa enfermedad degenerativa, Cousins se dedicó a ver películas de humor. De esta manera descubrió que 10 minutos de genuina risa corporal, tenía un efecto anestésico que le proporcionaba hasta dos horas de sueño sin dolor. Fue así, como se recuperó y vivió 26 años más.
Científicamente, se ha comprobado que la risa franca, la carcajada natural, que sale del corazón, del vientre, aporta múltiples beneficios: rejuvenece, elimina el estrés y las tensiones, reduce la angustia, la depresión, el colesterol, los dolores, el insomnio, los problemas cardiovasculares y respiratorios. William Fry, psiquiatra en la Universidad de Stanford, descubrió que la risa mejora la circulación, estimula el sistema inmune, ejercita los músculos e incluso vigoriza el cerebro. Otros investigadores, comprobaron que la risa disminuye las hormonas del estrés y puede ayudar a prevenir las enfermedades cardiacas.
¿Cómo reírse cuando nada te hace gracia? Simplemente abre la boca con una gran sonrisa forzando la espiración. También puedes escuchar o leer buenos chistes, ver películas de humor, formar grupos de risa. Recuerdas cuando eras adolescente y te reunías con amigos, se reían hasta cuando se veían, casi sin razón aparente. La risa es magia, es alquimia, es la mejor medicina.