Agustina Arregui pisó San Rafael por primera vez con su obra “Chocha de la Vida”
Con la nariz roja caminaba entre libros sobre cuadros negros y blancos. Ahí estaba Conchaparrón en medio de la sala. Sus manos y su mirada derrochaban placer y anunciaban que algo “glorioso” estaba por suceder. De una mochila sacó una lista interminable. Su lengua se empezó a mover con rapidez: chocha, cuca, concha, comemuslo, cochofla, panocha, molusco, totona, pelúa, cuevita del amor…
Su lado conservador se asomó en forma de títere, pero rápidamente fue aplastado por el espíritu de una guerrera, equipada con un corpiño, una capa azul, una pintura de labios, un espéculo, una copa menstrual, un gel, un espejo y el fruto prohibido.
En tiempos de coronavirus, la vulva fue la protagonista.
“Chocha de la vida” es un unipersonal de clown. A través de esa técnica, el público, conformado en su mayoría por mujeres, se encontró desde el juego. También fue un viaje emocional, potente, con fuerza y reflexiones, pero además fue la excusa perfecta, el punto de inicio para tocar temas como la menstruación, la masturbación, la diversidad sexual y las mujeres que han sido asesinadas cada 23 horas en la Argentina…
Lo descubrí allá por los ’80 en una colección de libros y fascículos encuadernables que aparecían semanalmente, publicados por Ediciones Orbis. Ochenta obras de autores premiados con el Nobel de Literatura (hasta ese momento) y ochenta fascículos que reseñan cada biografía, analizan brevemente el libro que los representa y el contexto histórico en el que se concedieron los premios. En las páginas centrales recoge extractos de los discursos y las razones oficiales por las que se concedió el premio, no solo literario sino también de otras disciplinas.
A Salvatore Quasimodo lo leí con avidez y me identifiqué con su poesía. Busqué más información y leí otros libros suyos. Creció mi admiración. En 2011, al publicar “Llaves y candados”, elegí esos tres versos de “Y enseguida anochece” para el epígrafe de la segunda parte de mi libro. De vez en cuando retorno a su obra y la disfruto.
Quasimodo fue un poeta y ensayista italiano nacido en Módica, provincia de Ragusa, sur de Sicilia, en 1901. Atraído por la literatura, se trasladó a Roma, dedicándose al estudio del griego y el latín. Ejerció diversos oficios para sobrevivir, mientras frecuentaba algunos círculos de letras. En 1932, con la publicación de «Oboe sumergido», se concretó su primer éxito literario y se radicó en Milán para asumir la Cátedra de Literatura Italiana.
«La dulce colina», «Las horas», «Toma y da», «Discursos sobre la poesía», «Las cartas de amor» y «El poeta y el político» son algunos títulos importantes de su obra. Tradujo a Catulo, Virgilio, Shakespeare, Arghezi, Cummings, Aiken, Neruda y Molière, entre otros.
Obtuvo el título Honoris Causa por las universidades de Messina y Harvard, y el Premio Nobel de Literatura en 1959.
Falleció en Milán en 1968.
Según Carlos Fabretti, traductor de su obra, Quasimodo «fuerza la sintaxis, establece concordancias insólitas, suprime comas y artículos o altera drásticamente el orden habitual de los términos en frases que evocan la oratoria clásica o buscan una distanciadora distorsión del lenguaje”.
Compartimos algunos de sus poemas.
De «Aguas y tierras»:
Lamento por el sur
La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, la llanura de nieve...
Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
he olvidado el paso de las garzas y las grullas
en el aire de las verdes altiplanicies
por las tierras y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur.
Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes,
sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas
nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
Ya nadie me llevará al Sur.
Y esta tarde cargada de invierno
es aún nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.
De «Oboe sumergido»:
Convalecencia
Siento amor convertirse en otra muerte ignota para mí, pero más lenta, que a menudo me empuja hacia sus formas. Abandono de alga: me busco en los oscuros acordes de profundos despertares en orillas densas de cielo. El viento se injerta dócil en mi sangre, y es ya voz y naufragio, manos que renacen: manos entrelazadas o palma con palma unidas en distendida renuncia. Tiene miedo de ti el corazón seco y doliente, infancia imposeída. Otoño
Otoño manso, yo me poseo
y me inclino ante tus aguas para beber el cielo,
suave fuga de árboles y abismos.
Áspera pena del nacer
me encuentra unido a ti;
y en ti me quebranto y repongo:
pobre cosa caída
que la tierra recoge.
De «Erato y Apolo»:
Sílabas a Erato
A ti se pliega el corazón en soledad, exilio de oscuros sentidos en el que transmuta y ama lo que ayer parecía nuestro y ahora está sepultado en la noche. Semicírculos de aire resplandecen en tu rostro; te me apareces en el tiempo que la primera ansiedad aflige y me vuelves blanco, lenta la boca a la luz de la sonrisa. Por tenerte te pierdo y no me aflijo: todavía eres bella, quieta en dulce posición de sueño: serenidad de muerte extremo gozo. De "Nuevas poesías": El alto velero
Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas
de los árboles amargos junto a mi casa
(eran ciegos volátiles nocturnos
que horadaban sus nidos en las cortezas),
alcé la frente hacia la luna
y vi un alto velero.
Al borde de la isla el mar era sal;
y se había tendido la tierra y antiguas
conchas relucían pegadas a las rocas
en la rada de enanos limoneros.
Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío
y por él tenía siempre el mar en el alma:
«Estoy cansado de estas olas que baten
con ritmo de remos, y de las lechuzas
que imitan el lamento de los perros
cuando hay viento de luna en los cañaverales.
Quiero partir, quiero dejar esta isla.»
Y ella: «Querido, ya es tarde: quedémonos.»
Entonces me puse a contar lentamente
los vivos reflejos de agua marina
que el aire me traía a los ojos
desde la mole del alto velero.
“El único latinoamericano que forma parte del selectísimo grupo de seis personas que han ganado los dos premios de fotografía más importantes del mundo: el World Press Photo (en 1962) y el Pulitzer (en 1963), nació en Apure (estado llanero de Venezuela) y vivió en Los Teques (capital del estado Miranda)”.
Así expresa su admiración por Héctor Rondón Lovera (1933-1984) la apasionada fotógrafa Mayrin Moreno Macías, quien no se explica cómo este logro con tintes de hazaña ha pasado por debajo de la mesa. “Es como ganarse el Oscar y la Palma de Oro (Cannes) y que no te valoren como cineasta”.
Ni siquiera por oportunismo, una conducta generalizada en los tiempos que vivimos, se ha exaltado la obra del autor de La ayuda del padre, título de la foto multiganadora. En ella, un cura sostiene por los brazos a un soldado herido en medio de la balacera que fue El Porteñazo, insurrección civil-militar iniciada el 2 de junio de 1962 en Puerto Cabello, estado Carabobo, que sucedió a otra de similar naturaleza ocurrida el 4 de mayo de ese año en Carúpano, estado Sucre. Ambas formaban parte de la estrategia del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) para derrocar a Rómulo Betancourt, luego de que este traicionara los ideales y la alianza que lo llevaron al poder.
“El cura y el soldado concentran el interés. Ambos hacen un triángulo. Las líneas del poste y la santamaría del lado derecho los ubican en el centro de la imagen. Se trata de un plano completo, los dos personajes aparecen con cuerpo entero. La luz natural no produce sombras duras; de hecho, en el agua se refleja la santamaría del lado izquierdo”, agrega la apasionada fotógrafa.
Para el momento de la insurrección, Rondón era el fotógrafo de Policiales del diario La República, fundado el 25 de abril de 1961, que circularía durante ocho años. “Al llegar, haciéndole caso al mayor, nos retiramos a la pared. Luego de que habían pasado cerca de diez tanques, empezaron a disparar de todos lados. Los muertos iban cayendo. No se veía a quienes disparaban, ocultos en las casas. Los masacraron a todos. Cayeron diez en la esquina, los que iban conmigo… Era como un cuarto para las 7. Junto a mí iba otro fotógrafo, Blasco. Cuando el último tanque, donde yo iba junto al otro fotógrafo, llegó a la esquina de La Alcantarilla, empezaron los disparos… Disparaban hasta granadas. Los tanques se fueron, finalmente, dejando a los muertos. Entonces fue cuando vimos que venía un cura por la acera derecha… Había un soldado herido. El cura trató de socorrerlo, lo levantó, trató de cargarlo. Yo tomé la foto. Era una escena horrorosa y a la vez tan humana. Blasco y yo le gritamos que saliera de ahí porque lo iban a matar”, relataría el reportero gráfico.
Gracias al premio, “el Negro” recibió ofertas de la cadena Reuters y del diario The New York Times, entre otros medios. También fue corresponsal de guerra en varios conflictos latinoamericanos. Falleció a causa del cáncer el 21 de junio de 1984.
“El autor recorta un pedazo de la realidad y le da significado. Las virtudes, las circunstancias políticas y la manera como fue difundida la foto hacen que sea icónica”, concluye la apasionada fotógrafa.