A mediados del siglo XVII se produjo el avance de los pehuenches. Fueron originarios de la zona donde se hallan los pinos pehuén (araucaria araucana), árboles de gran corpulencia que se desarrollan en Neuquén y en Chile. Su nombre significa “gente de los pinares” (che: gente; pehuén: pino). Se instalaron en el Sur de Mendoza y después de un tiempo se hicieron amigos de los españoles.
Estos pinos producen una gran piña, adentro tiene las semillas o piñones, que era su principal alimento. Para cosecharlos debían subirse a los enormes árboles. A los piñones los guardaban en silos subterráneos, haciendo pasar agua muy fría por encima, para evitar que germinaran.
Estos frutos, del tamaño de una almendra, se pueden comer cocidos en agua o tostados al fuego y su sabor es similar al de la castaña; si se los hace fermentar se obtiene una bebida y si se sancochan y se ponen a secar, se pueden moler y obtener una harina para preparar alimentos.
Los pehuenches se establecieron en Malargüe, en la zona montañosa, donde existen pequeños valles fértiles. Tuvieron hábitos similares a los puelches, con quienes finalmente se mezclaron. Eran altos y robustos, muy fuertes, de cabellos y ojos bien negros. Como signo de belleza se pintaban la cara, tanto hombres como mujeres, con colores negro, rojo, azul y blanco. Para soportar el frío se untaban el cuerpo con grasa de caballo y aun cuando acostumbraban a bañarse diariamente, en los arroyos de la montaña, tanto en invierno como en verano, la grasa no se diluía.
Su vestimenta estaba conformada por dos mantos cuadrados. Los hombres usaban el chamal en la parte inferior, colocado como chiripá, sujetado con una faja de colores, el manto de la parte superior era el poncho. Calzaban botas de cuero de potro, a las que curtían con tanta maestría, que quedaban muy flexibles. Usaban sombreros o chupas, que obtenían del intercambio con otros pueblos, en especial de los españoles; llegaron a cambiar un sombrero por dos animales.
Las mujeres también se vestían con dos mantas, la inferior la sujetaban con alfileres sobre los hombros y colocaban un cinto de colores en la cintura y la superior la sostenían sobre el pecho con un prendedor de plata conocido con el nombre de trapelacucha, también usaban pectorales de plata, algunos de gran tamaño, aros, pulseras y anillos. Estos adornos, de origen mapuche, aún hoy se usan en Chile.
Vivían en toldos de cuero de caballo, cosidos con nervios, también de caballos, a los que una vez secos masticaban para darle elasticidad; según cuentan, estos “hilos”, los que usaban para coser con agujas de hueso, no se cortaban nunca. Los cueros eran levantados con parantes de madera. La toldería estaba formada por seis u ocho toldos, fáciles de transportar.
Generalmente el toldo tenía una sola habitación, pero podía separarse con cortinas de cuero, si eran varias las mujeres que lo habitaban. Los colchones eran cueros de carneros y con los quillangos se abrigaban. Todo estaba untado con grasa de caballo. Para los españoles, permanecer adentro de los toldos era muy difícil, pues el olor a rancio les resultaba insoportable. Mucho peor era cuando los invitaban a comer, ya que también la comida se hacía con grasa de caballo y no la podían despreciar.
Los pehuenches se dedicaban a la ganadería, criaban caballos, ovejas y vacunos, ocupaban los valles intermontanos en el invierno, pero en verano subían a las montañas para aprovechar los pastos tiernos de las alturas. Era, por tanto, ganadería trashumante, veranada e invernada, similar a la que aún hoy se realiza en los puestos de las zonas montañosas, por ejemplo en Los Molles.
Los gobernaba un cacique, pero el cargo no era hereditario, ya que cualquier hombre por valor, riqueza o sabiduría podía aspirar a ese puesto. Entre todos los caciques elegían al más valiente o sabio como cacique gobernador.
Odiaban la guerra, pero realizaban frecuentes malocas: caían de sorpresa sobre una toldería enemiga, para robar ganado, mujeres y niños. Ante una ofensa o una muerte eran sumamente vengativos, pero el agravio se podía reparar con un pago, no en moneda, sino en especies. A la vez eran solidarios y caritativos.
Sus armas eran la lanza, las boleadoras, el machete y la honda. Usaban una especie de casaca de cuero para pelear que les protegía el cuerpo, posiblemente lo copiaron de las armaduras que utilizaban los conquistadores españoles. Eran grandes jinetes, tanto las mujeres como los hombres y le daban nombre a su caballo, al que cuidaban con esmero.
Indio pehuenche del Sur mendocino según Fernando Morales Guiñazú
En todos estos pueblos existía un gran respeto por la mujer, y el matrimonio se efectuaba por compra de la joven, la familia del novio debía pagarle (en especies) a toda la familia de la novia. Un padre que tuviera varias hijas se consideraba muy rico, porque recibiría muchos bienes a cambio de ellas. La familia en general era monogámica, pero los caciques podían tener varias esposas (poligamia).
Eran muy supersticiosos, creían en la hechicería, consideraban que si alguien moría era porque le habían hecho algún mal y trataban de vengarse. Los machis eran quienes tenían a su cargo las curaciones con hierbas, y se sabe que llegaron a efectuar algunas operaciones. El conocimiento que tenían sobre el uso de hierbas ha sido aprovechado por la medicina moderna.
Eran grandes comerciantes, mediante el trueque, obtenían lo que no producían, sobre todo granos para alimentarse. Ellos llevaban sal, que obtenían de las Salinas del Diamante, brea, cueros y artesanías de cuero, ganado y ponchos, que eran muy codiciados por los otros pueblos y también por los españoles. En ocasión del Parlamento de San Carlos realizado por San Martín en 1816, los pehuenches le regalaron al general varios ponchos, que éste admiró muchísimo.
El comercio lo realizaban con los españoles, iban a la ciudad de Mendoza y ahí intercambiaban sus productos por todo lo que necesitaban: por ejemplo la yerba mate, pues les agradaba mucho tomar mate, a ese trueque le llamaban “ir a los conchabos”11.
Medían el año por las fases lunares y a los doce meses del año les llamaban con nombres especiales. Como ejemplo: al mes de diciembre le llamaban de la escasez, porque al llegar el verano, comenzaban las crecientes en los ríos y no podían cruzarlos para conseguir alimentos.
Para los hombres era necesario saber hablar bien, saber “parlar”, así podían presentarse en los parlamentos: verdaderas reuniones diplomáticas de caciques y capitanejos para ponerse de acuerdo sobre algún asunto de trascendencia, donde todos tenían derecho a hablar, según la jerarquía y por turno. Existió también un cacique poeta, que fue el gran Currilipi, quien llenaba de amor y lirismo las almas de sus hermanos.
Se hicieron amigos de los españoles y colaboraron en la fundación del Fuerte de San Rafael del Diamante, sobre todo a través de la cacica María Josefa Roco.
En nuestro país quedan muy pocos pehuenches. En algunos puestos de Malargüe viven algunos descendientes mestizados, que conservan ciertas tradiciones como el trabajo en cuero y el tejido de ponchos en rústicos telares.
En Chile las comunidades pehuenches son muy numerosas.
Es 1987 en Berlín, y en la fachada de un edificio recién terminado (una semana antes de que quiten los andamios), aparece un grafiti. El autor del edificio decide dejarlo aunque claramente no comunica un mensaje alentador. “Bonjour tristesse” (hola tristeza/bienvenida tristeza) se lee con letra apurada en la parte más alta del edificio. Al día de hoy el mensaje sigue allí, dándole nombre al edificio y recordándonos lo complejo que puede ser una sociedad. Quiero hablar de grafitis, vandalismo, espacio público, memoria y, si me queda tiempo, de arquitectura.
El arquitecto de esta historia es Álvaro Siza, portugués, un Pritzker (algo así como un Nobel de la Arquitectura), y aunque en ese momento aún no era tan conocido en Berlín, le habían encomendado un proyecto ambicioso. Un edificio de departamentos dentro de un plan de reconstrucción de vacíos que había dejado la guerra. Había muchos intereses en juego y muchas fricciones en la comunidad. Por un lado, la administración de la ciudad estaba cuestionada, la población local y los inmigrantes estaban en conflicto, ya que en esos barrios se habían formado comunidades extranjeras, sobre todo turcas, que no eran bien recibidas por la comunidad berlinesa (y que este proyecto intentaba integrar). Por otro lado, la arquitectura honesta, pura y sin ornamentos de Siza era asociada, formalmente, a la arquitectura del nazismo, y a todo esto se le sumaba que un grupo de arquitectos cuestionaba el encargo, poniendo en duda la transparencia de la elección. Hoy sabemos que el grafiti se dejó porque el costo de pintar de nuevo todo el edificio era tremendo, pero al paso de las décadas y en sucesivos mantenimientos, el grafiti se respetó y no se borró. ¿Por qué?
¿Mensaje xenófobo, crítica a la arquitectura moderna, a la administración de la ciudad o vendetta entre colegas? Con todo esto podríamos convertir el relato en una narración de Arthur Conan Doyle buscando quién escribió el mensaje o a qué se refería concretamente. Pero vamos a dejar eso en el campo de la especulación y usar la historia para reflexionar, ya que cualquiera de las interpretaciones del origen de la frase habla de nosotros, de nuestros fantasmas y demonios. Y el hecho de que se decidiera dejar el mensaje con el paso del tiempo nos da cuenta de lo complejo de los conflictos a los que estamos sujetos nosotros y el espacio público.
Lo primero que quiero dejar en claro es que la fachada de un edificio que da a la calle, cualquiera sea su escala, forma parte del espacio público, lo delimita y ayuda a definirlo, aún cuando el edificio pertenezca al ámbito privado. Teniendo esto en cuenta, me pregunto: ¿Qué diferencia a los actos de rayar una pared con una frase, de colocar un cartel de un producto o un cartel propagandístico de algún partido político? ¿Quién decide qué se pone o no en el espacio público? ¿El hecho de pagar para poder colocar mi idea/producto o lo que fuese sobre la calle y a la vista de todos legitima el mensaje y lo vuelve acertado? ¿Qué pasa con la contaminación visual “legal” que nos bombardea a diario, aun cuando claramente muchas están ahí para engañarnos? ¿Por qué el ambient marketing es “arte” y el grafiti «vandalismo»? Y yendo más allá, ¿puedo pintar la fachada de mi casa como yo quiera?, ¿aun si ofende a alguien? Imagino un mural gigante con una imagen de sexo explícito en la pared de mi casa, aunque también podría imaginar cosas que me ofendieran. Si lo trasladamos a otros ámbitos se aclara un poco. ¿Estaría bien poder pagar para, por ejemplo, tirar lo que quiera en el río? ¿El vandalismo es absoluto o solo es posible porque hay desigualdad de poderes en el espacio público? Para estas preguntas no tengo respuestas que apliquen, solo más preguntas.
Ya habrá tiempo de profundizar en esto, solo quisiera remarcar que el espacio público es, y fue siempre, el lugar de las luchas de poder, político, militar, religioso o económico. Basta recordar la picota, el palo para los castigos que se plantaba en el medio de las plazas para fundar una ciudad hispánica. La piedra fundacional de la mayoría de nuestras ciudades coloniales fue un elemento de tortura.
Volviendo a los grafitis, quiero a hablar de, para mí, su mayor valor. El potencial enorme que tienen para radiografiar una sociedad en un momento dado. Son mensajes que por su espontaneidad guardan toda la información de lo que no se dice en los medios formales. Podría poner el ejemplo de los grafitis que versaban “viva el cáncer” allá por la década del ’50 luego de la muerte de Eva Perón, esos que nos definen como sociedad y nos recuerdan continuamente cuánto nos separa el odio y que la grieta no es cosa nueva. Creo que si hoy hicieran un documental de historia moderna argentina, ese grafiti nos pintaría como sociedad mejor que un cuadro de Antonio Berni.
Pero no solo vemos lo peor de nosotros en las paredes, también hay lugar para lo hermoso, para el amor, para la risa, el perdón, la redención, y una larga lista de cosas que nos unen como sociedad y como humanos. Seguro todos recordamos esas palabras que desde un muro nos hacen reír o nos dan aliento cada vez que las vemos. Esas pintadas que nos recuerdan que hay otras personas ahí, como nosotros, pasando por las mismas cosas. Personas que deciden contándoselas al mundo, sin que intermedie una pantalla, desde una pared, que aunque se hizo para separar, nos une.
La pintura en aerosol puede durar mucho, pero su espíritu es el de lo efímero, eso que se dice, se vomita o se grita y puede ser borrado, vive en la memoria de los que lo vieron, de los que se rieron, enojaron o entristecieron con su mensaje. Pensándolo así, si se borra, dura muchísimo más y evita volverse invisible. La palabra mantiene con vida la memoria.
No sé si me fui por las ramas, o me enredé como un caracol, lo mío no son las palabras. Quiero cerrar como empecé: “Bonjour tristesse”, ese grafiti que pretendía humillar a un edificio y que por el contrario termino dándole sustento, profundidad y trascendencia. Hoy las personas se fotografían con el grafiti y su pared, con el edificio y su crítica, con la historia, con la memoria.
«Hola tristeza», esas letras apresuradas alrededor de un ojo (hay una versión que ubica al grafiti como un homenaje a la película del mismo nombre, ya que en el poster de promoción también se observa un ojo), hoy se ve opacada por otra pintada mucho más grande que grita “Bitte Lebn” (por favor, vive), mucho menos sutil, y cuyo mensaje new age carece del misterio de su predecesora pero que nos muestra que el medio y el mensaje siguen vivos.
“Emosido engañado” dice una pared española. El grafiti se hizo meme y se viralizó. La triste historia de un desahucio que vive y prolifera más allá de donde llega la pared, y más tiempo del que duró la pintura, una historia que nos recuerda que las paredes hablan, ríen, gritan, vomitan, cuentan, denuncian, recuerdan…
Como creadora del Colectivo Internacional Minificcionistas Pandémicos, develo esta selección de minificciones pertenecientes a las y los integrantes, autores originarios de catorce países: Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, España, Guatemala, Honduras, Marruecos, México, Nicaragua, Panamá, Perú y Venezuela en Colombia.
Como representantes del género de la minificción, poseen una pletórica trayectoria, la mayoría con publicaciones personales, antologías nacionales y extranjeras, así como también, han sido difundidos en distintos medios digitales. Sus biografías han sido reducidas en honor a lo breve, encontrándolas en su extensión en diversas plataformas.
Nuestro colectivo originado en época actual de Pandemia como una Bitácora Literaria, se caracteriza por elaborar microrrelatos con leit motiv social, como una forma de crear espacios de reflexión, ante las diferentes realidades vividas por las y los integrantes en cada país. Por ende, esta selección circula alrededor de temáticas elegidas en conjunto: tema libre, igualdad de género y homofobia, contra el maltrato infantil, delfines, ballenas y medioambiente, hambre, enfermedades emocionales y suicidio.
Agustina Arregui pisó San Rafael por primera vez con su obra “Chocha de la Vida”
Con la nariz roja caminaba entre libros sobre cuadros negros y blancos. Ahí estaba Conchaparrón en medio de la sala. Sus manos y su mirada derrochaban placer y anunciaban que algo “glorioso” estaba por suceder. De una mochila sacó una lista interminable. Su lengua se empezó a mover con rapidez: chocha, cuca, concha, comemuslo, cochofla, panocha, molusco, totona, pelúa, cuevita del amor…
Su lado conservador se asomó en forma de títere, pero rápidamente fue aplastado por el espíritu de una guerrera, equipada con un corpiño, una capa azul, una pintura de labios, un espéculo, una copa menstrual, un gel, un espejo y el fruto prohibido.
En tiempos de coronavirus, la vulva fue la protagonista.
“Chocha de la vida” es un unipersonal de clown. A través de esa técnica, el público, conformado en su mayoría por mujeres, se encontró desde el juego. También fue un viaje emocional, potente, con fuerza y reflexiones, pero además fue la excusa perfecta, el punto de inicio para tocar temas como la menstruación, la masturbación, la diversidad sexual y las mujeres que han sido asesinadas cada 23 horas en la Argentina…
Lo descubrí allá por los ’80 en una colección de libros y fascículos encuadernables que aparecían semanalmente, publicados por Ediciones Orbis. Ochenta obras de autores premiados con el Nobel de Literatura (hasta ese momento) y ochenta fascículos que reseñan cada biografía, analizan brevemente el libro que los representa y el contexto histórico en el que se concedieron los premios. En las páginas centrales recoge extractos de los discursos y las razones oficiales por las que se concedió el premio, no solo literario sino también de otras disciplinas.
A Salvatore Quasimodo lo leí con avidez y me identifiqué con su poesía. Busqué más información y leí otros libros suyos. Creció mi admiración. En 2011, al publicar “Llaves y candados”, elegí esos tres versos de “Y enseguida anochece” para el epígrafe de la segunda parte de mi libro. De vez en cuando retorno a su obra y la disfruto.
Quasimodo fue un poeta y ensayista italiano nacido en Módica, provincia de Ragusa, sur de Sicilia, en 1901. Atraído por la literatura, se trasladó a Roma, dedicándose al estudio del griego y el latín. Ejerció diversos oficios para sobrevivir, mientras frecuentaba algunos círculos de letras. En 1932, con la publicación de «Oboe sumergido», se concretó su primer éxito literario y se radicó en Milán para asumir la Cátedra de Literatura Italiana.
«La dulce colina», «Las horas», «Toma y da», «Discursos sobre la poesía», «Las cartas de amor» y «El poeta y el político» son algunos títulos importantes de su obra. Tradujo a Catulo, Virgilio, Shakespeare, Arghezi, Cummings, Aiken, Neruda y Molière, entre otros.
Obtuvo el título Honoris Causa por las universidades de Messina y Harvard, y el Premio Nobel de Literatura en 1959.
Falleció en Milán en 1968.
Según Carlos Fabretti, traductor de su obra, Quasimodo «fuerza la sintaxis, establece concordancias insólitas, suprime comas y artículos o altera drásticamente el orden habitual de los términos en frases que evocan la oratoria clásica o buscan una distanciadora distorsión del lenguaje”.
Compartimos algunos de sus poemas.
De «Aguas y tierras»:
Lamento por el sur
La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, la llanura de nieve...
Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
he olvidado el paso de las garzas y las grullas
en el aire de las verdes altiplanicies
por las tierras y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur.
Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes,
sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas
nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
Ya nadie me llevará al Sur.
Y esta tarde cargada de invierno
es aún nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.
De «Oboe sumergido»:
Convalecencia
Siento amor convertirse en otra muerte ignota para mí, pero más lenta, que a menudo me empuja hacia sus formas. Abandono de alga: me busco en los oscuros acordes de profundos despertares en orillas densas de cielo. El viento se injerta dócil en mi sangre, y es ya voz y naufragio, manos que renacen: manos entrelazadas o palma con palma unidas en distendida renuncia. Tiene miedo de ti el corazón seco y doliente, infancia imposeída. Otoño
Otoño manso, yo me poseo
y me inclino ante tus aguas para beber el cielo,
suave fuga de árboles y abismos.
Áspera pena del nacer
me encuentra unido a ti;
y en ti me quebranto y repongo:
pobre cosa caída
que la tierra recoge.
De «Erato y Apolo»:
Sílabas a Erato
A ti se pliega el corazón en soledad, exilio de oscuros sentidos en el que transmuta y ama lo que ayer parecía nuestro y ahora está sepultado en la noche. Semicírculos de aire resplandecen en tu rostro; te me apareces en el tiempo que la primera ansiedad aflige y me vuelves blanco, lenta la boca a la luz de la sonrisa. Por tenerte te pierdo y no me aflijo: todavía eres bella, quieta en dulce posición de sueño: serenidad de muerte extremo gozo. De "Nuevas poesías": El alto velero
Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas
de los árboles amargos junto a mi casa
(eran ciegos volátiles nocturnos
que horadaban sus nidos en las cortezas),
alcé la frente hacia la luna
y vi un alto velero.
Al borde de la isla el mar era sal;
y se había tendido la tierra y antiguas
conchas relucían pegadas a las rocas
en la rada de enanos limoneros.
Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío
y por él tenía siempre el mar en el alma:
«Estoy cansado de estas olas que baten
con ritmo de remos, y de las lechuzas
que imitan el lamento de los perros
cuando hay viento de luna en los cañaverales.
Quiero partir, quiero dejar esta isla.»
Y ella: «Querido, ya es tarde: quedémonos.»
Entonces me puse a contar lentamente
los vivos reflejos de agua marina
que el aire me traía a los ojos
desde la mole del alto velero.
“El único latinoamericano que forma parte del selectísimo grupo de seis personas que han ganado los dos premios de fotografía más importantes del mundo: el World Press Photo (en 1962) y el Pulitzer (en 1963), nació en Apure (estado llanero de Venezuela) y vivió en Los Teques (capital del estado Miranda)”.
Así expresa su admiración por Héctor Rondón Lovera (1933-1984) la apasionada fotógrafa Mayrin Moreno Macías, quien no se explica cómo este logro con tintes de hazaña ha pasado por debajo de la mesa. “Es como ganarse el Oscar y la Palma de Oro (Cannes) y que no te valoren como cineasta”.
Ni siquiera por oportunismo, una conducta generalizada en los tiempos que vivimos, se ha exaltado la obra del autor de La ayuda del padre, título de la foto multiganadora. En ella, un cura sostiene por los brazos a un soldado herido en medio de la balacera que fue El Porteñazo, insurrección civil-militar iniciada el 2 de junio de 1962 en Puerto Cabello, estado Carabobo, que sucedió a otra de similar naturaleza ocurrida el 4 de mayo de ese año en Carúpano, estado Sucre. Ambas formaban parte de la estrategia del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) para derrocar a Rómulo Betancourt, luego de que este traicionara los ideales y la alianza que lo llevaron al poder.
“El cura y el soldado concentran el interés. Ambos hacen un triángulo. Las líneas del poste y la santamaría del lado derecho los ubican en el centro de la imagen. Se trata de un plano completo, los dos personajes aparecen con cuerpo entero. La luz natural no produce sombras duras; de hecho, en el agua se refleja la santamaría del lado izquierdo”, agrega la apasionada fotógrafa.
Para el momento de la insurrección, Rondón era el fotógrafo de Policiales del diario La República, fundado el 25 de abril de 1961, que circularía durante ocho años. “Al llegar, haciéndole caso al mayor, nos retiramos a la pared. Luego de que habían pasado cerca de diez tanques, empezaron a disparar de todos lados. Los muertos iban cayendo. No se veía a quienes disparaban, ocultos en las casas. Los masacraron a todos. Cayeron diez en la esquina, los que iban conmigo… Era como un cuarto para las 7. Junto a mí iba otro fotógrafo, Blasco. Cuando el último tanque, donde yo iba junto al otro fotógrafo, llegó a la esquina de La Alcantarilla, empezaron los disparos… Disparaban hasta granadas. Los tanques se fueron, finalmente, dejando a los muertos. Entonces fue cuando vimos que venía un cura por la acera derecha… Había un soldado herido. El cura trató de socorrerlo, lo levantó, trató de cargarlo. Yo tomé la foto. Era una escena horrorosa y a la vez tan humana. Blasco y yo le gritamos que saliera de ahí porque lo iban a matar”, relataría el reportero gráfico.
Gracias al premio, “el Negro” recibió ofertas de la cadena Reuters y del diario The New York Times, entre otros medios. También fue corresponsal de guerra en varios conflictos latinoamericanos. Falleció a causa del cáncer el 21 de junio de 1984.
“El autor recorta un pedazo de la realidad y le da significado. Las virtudes, las circunstancias políticas y la manera como fue difundida la foto hacen que sea icónica”, concluye la apasionada fotógrafa.
La comprensión lectora es un dispositivo de los organismos internacionales para justificar la pobreza de los países periféricos, su natural condición de atraso y la evidencia de unas culturas locales muy lejos de la Modernidad y muy cerca de la barbarie y del primate.
¿Pero qué es comprender? Porque lo sabemos: no hay un sentido inmanente en los objetos. No hay, digamos, un sentido en los textos que uno «recolecta» porque estaba ahí como un «dato». Los sentidos se construyen en relaciones sociales, en condiciones materiales que son históricas, y en modos creativos, muy particulares. La trampa de la comprensión lectora es decirnos que ese «sentido» que pide una consigna (la materialización de una perspectiva teórica) es el «modo natural» de la inteligencia.
Hay, además, otra trampa. Nunca se «explicita» qué se pide. Y si no comprendés es porque no lograste el nivel de inteligencia suficiente para resolver la consigna (porque desde esta concepción, la inteligencia es algo que además se puede medir, cuantificar, y eso a su vez en un desplazamiento de sentidos definiría el «éxito social» de una vez y para siempre; alguien que «no comprende» va a ser siempre pobre).
Todas estas concepciones además se han ido sedimentando con las distintas reformas educativas de América Latina, en los documentos de los organismos internacionales, en modos del imperialismo cultural y hasta en cierto sentido común de «no comprende la consigna, no sabe nada».
Son muchos temas que nombramos con la categoría comprensión lectora y es imposible que detalle todos. Solo quisiera señalar uno: el modo en que la comprensión lectora supone que «hay una consigna que se debe resolver de UN modo». Doy un ejemplo. Mi hija Amanda tiene que resolver la siguiente consigna: TACHE el personaje que esté de más. Y aparece un bombero, un superhéroe, un soldado y un médico. Entre los objetivos por su edad, además, esta comprensión lectora (como parte de la política educativa de las últimas décadas) está permeada por ciertas supuestas concepciones científicas sobre modos de entender lo real. Unas más realistas, «miméticas», que son las que alcanzan las formas más civilizatorias, más secularizadas y más racionales. Y otras que son «más atrasadas» (innecesario decir que ahí aparecen los indios con la leyenda de la yerba mate). Entonces en esta consigna se espera que el alumno tache al superhéroe porque «no existe». Pero ese patrón de interpretación no es necesariamente el que oriente la interpretación de un niño. De hecho, le pregunté a Amanda: «¿Qué personaje tacharías?», y me dijo, sin dudar: «El soldado». ¡Pero el soldado es real!, uno pensaría. Pero no era una respuesta en el aire. Tenía su razonamiento. Me explicó: «Los bomberos, los médicos y los superhéroes salvan vidas. Los soldados (a veces) matan».
Para los primeros días del mes marzo de 2024 está prevista la aparición de una gran mancha solar, según informó la página spaceweather.com, que quizá provoque una tormenta que podría afectar a la Tierra. Estamos en la proximidad de un máximo de actividad solar y, por lo tanto, la presencia de manchas solares es un fenómeno que estamos observando constantemente en lo que va del año. Algunas manchas o grupos de ellas son muy notables y se pueden apreciar muy fácilmente con binoculares, utilizando filtros solares especiales o, inclusive, a simple vista, a través de los anteojos especiales para eclipses solares.
Pero, en este caso, la mancha cuya aparición ha sido prevista, no fue detectada a través de una imagen directa por algún observatorio solar espacial o terrestre, sino por medio de una técnica conocida como heliosismología que se basa en el análisis de espectrogramas del sol. Y esto es porque la mancha ya se ha formado, pero en la porción de la superficie solar opuesta a la que observamos desde la Tierra y la rotación solar la traerá hacia nosotros en estos días.
La heliosismología, término acuñado por Douglas Gough (astrónomo inglés nacido en 1941), es el estudio de la estructura y dinámica del Sol a través de sus oscilaciones, las cuales son causadas, principalmente, por ondas sonoras que son continuamente impulsadas y amortiguadas por la convección (la forma en que se transporta el calor en el interior del Sol) cerca de la superficie solar. Es similar a la geosismología, o asterosismología (término también acuñado por Gough), que son respectivamente los estudios del interior de la Tierra o de las estrellas a través de sus oscilaciones.
Si bien las oscilaciones del Sol se detectaron, por primera vez, a principios de la década de 1960, no fue hasta mediados de la década de 1970 que se percibió de que las oscilaciones se propagaban por todo el Sol y que podían permitir estudiar el interior del Sol.
En la actualidad, esta disciplina se divide en la heliosismología global, que estudia, directamente, los modos resonantes del Sol, y la heliosismología local, que estudia la propagación de las ondas componentes cerca de la superficie del Sol.
La superficie del sol con un grupo de manchas solares (Fotos obtenidas por el autor)
Pero veamos un poco más acerca del origen y la propagación de estas ondas, cómo se detectan y qué información podemos extraerles.
Toda oscilación tiene un modo fundamental y sus armónicos. Cuando la cuerda de una guitarra vibra, lo hace con un modo fundamental (la nota musical que se escucha) más una serie de armónicos que se producen por la estructura acústica del instrumento (el volumen y la forma de su caja de resonancia, el largo del mástil y otras variables) que configuran el timbre del instrumento. Si separamos el modo fundamental, seríamos capaces de deducir la forma exacta de la guitarra en base a los armónicos que pudiésemos detectar y separar.
Una estrella, en general, existe por la presencia de un equilibrio (llamado hidrodinámico) entre dos fuerzas que se oponen: la gravedad (que tiene tendencia a comprimirla) y la presión del fluido o de la radiación (cuya tendencia es a expandirla). En ciertas estrellas, como es el caso del Sol, ese equilibrio está ligeramente alterado, pero sin ser una alteración catastrófica, sino que deviene de la dinámica de las capas internas y del mecanismo de transporte del calor, la convección, que tiene una velocidad dependiente del medio, o sea, de su densidad. Esa dinámica genera cambios que se transmiten a la superficie de la estrella, deformándola, como ocurre en un sismo en la superficie terrestre que lo percibimos como un movimiento. Esos movimientos se traducen en oscilaciones en el brillo superficial y pueden detectarse midiendo el brillo en función del tiempo o dispersando la luz (espectrograma) y midiendo cómo se mueve la superficie de la estrella. A la forma en que se producen esas oscilaciones la llamamos modos de oscilación.
Esas pequeñas rupturas del equilibrio tienen, a su vez, por acción de estas mismas fuerzas, tendencia a restaurarlo. Dependiendo de la fuerza restauradora, tendremos un medio de restauración prevalente, que se manifestará en la forma de la oscilación, o sea, de los armónicos presentes que acompañan al modo fundamental de oscilación o pulsación.
Dada la estructura del fluido, existen tres fuerzas restauradoras y, por lo tanto, tres modos de pulsación. Dos de ellos están asociados a la gravedad y, el restante, a la presión. Los modos se llaman p, el asociado a la presión; g, asociado a la flotabilidad en un medio hidrodinámico, o sea, muy importante en la profundidad y casi imperceptible en la superficie; y f, asociado a la gravedad superficial.
Para estudiar esos armónicos asociados a la estructura estelar se divide a la estrella en sectores y se modela el comportamiento de la oscilación en función del sector proveniente, de la profundidad y de la fuerza restauradora. De ese modo, es posible mapear la estructura estelar desde el núcleo hasta la superficie y percibir alteraciones locales y globales, como sería el caso de la presencia de una mancha superficial.
Todo lo dicho para las estrellas, se aplica para el Sol que, obviamente, es una estrella.
Esperemos que el desarrollo de la mancha solar prevista no afecte a la Tierra.
La doble revolución y el nacimiento del mundo contemporáneo (+algunas apostillas futboleras)
Por Federico Mare.- Tradicionalmente, se ha dicho que la edad contemporánea empieza a fines del siglo XVIII, allá por 1789, con la Revolución Francesa, hace más de 230 años. Esto no es incorrecto, pero habría que matizarlo. Porque el mundo contemporáneo también es el resultado de la Revolución Industrial, que comenzó un par de décadas antes, y que se prolongó cuando los ecos de La Marsellesa se desvanecían con la Restauración. Podemos decir, entonces, parafraseando al historiador Eric Hobsbawm, que la edad contemporánea es el producto de una doble revolución: la Revolución Francesa a nivel político y la Revolución Industrial a nivel económico-social.
Esto se aplica también a la Argentina, desde luego. La historia de nuestro país es incomprensible, impensable, si no se tiene en cuenta el contexto mundial de la doble revolución. Tanto la Revolución Industrial como la Revolución Francesa tuvieron un fuerte impacto en el Río de la Plata, directo y evidente unas veces, más indirecto y sutil en otras. Lo constataremos aquí, a su debido momento…
Tradicionalmente, se ha dicho que la edad contemporánea empieza a fines del siglo XVIII, allá por 1789, con la Revolución Francesa, hace más de 230 años. Esto no es incorrecto, pero habría que matizarlo. Porque el mundo contemporáneo también es el resultado de la Revolución Industrial, que comenzó un par de décadas antes, y que se prolongó cuando los ecos de La Marsellesa se desvanecían con la Restauración. Podemos decir, entonces, parafraseando al historiador Eric Hobsbawm, que la edad contemporánea es el producto de una doble revolución: la Revolución Francesa a nivel político y la Revolución Industrial a nivel económico-social.
Esto se aplica también a la Argentina, desde luego. La historia de nuestro país es incomprensible, impensable, si no se tiene en cuenta el contexto mundial de la doble revolución. Tanto la Revolución Industrial como la Revolución Francesa tuvieron un fuerte impacto en el Río de la Plata, directo y evidente unas veces, más indirecto y sutil en otras. Lo constataremos aquí, a su debido momento.
La Revolución Industrial y el desarrollo del capitalismo
Hablemos primero de la Revolución Industrial, cuyo comienzo es anterior al de la Revolución Francesa. La Revolución Industrial se inició en Inglaterra, hacia 1760-1780. ¿En qué consistió la Revolución Industrial? Dicho sintéticamente, en el nacimiento del capitalismo industrial.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, se empieza gradualmente a utilizar en la producción una tecnología muy novedosa e ingeniosa, basada en descubrimientos científicos: la máquina de vapor. La máquina de vapor permitía producir muchísimos más bienes o manufacturas (por ej., prendas de vestir), en bastante menos tiempo, y a muy menor costo. Hasta entonces, la producción era artesanal, totalmente manual. A partir de la Revolución Industrial, la producción se mecaniza. Y al mecanizarse, se vuelve más masiva, más rápida y más barata. Dos ejemplos típicos fueron la hiladora mecánica y el telar mecánico.
Así nacieron las fábricas, que eran talleres de producción donde se usaban máquinas, y donde trabajaban muchas personas a cambio de un salario: los obreros. Cada vez hubo menos artesanos independientes, y más obreros asalariados, más trabajadores industriales en relación de dependencia. La pequeña artesanía tradicional no podía competir, ni en volúmenes ni en precios, con la gran industria moderna, mecanizada. Por eso cayó en decadencia.
Como las máquinas de vapor necesitaban mucho carbón mineral (hulla) como combustible, eso provocó un desarrollo enorme de la minería. Gran Bretaña tenía mucho carbón mineral, y eso fue una ventaja importante para ella. Había yacimientos de hulla muy abundantes tanto en Inglaterra como en Gales y Escocia.
La principal industria fue la textil, o sea, la industria que produce indumentaria o ropa. La ciudad inglesa de Mánchester, con sus numerosas fábricas, se convirtió en la principal productora y exportadora, a nivel mundial, de pulóveres y otras prendas de algodón. Otra industria importante fue la metalúrgica, la cual producía herramientas, armas, vajilla, enseres y otros artículos de hierro. Los clubes ingleses de fútbol están muy relacionados con la Revolución Industrial. Por ej., tanto el Manchester United como el Manchester City nacieron como los dos grandes equipos de la clase obrera industrial de Mánchester.
Entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, Inglaterra se convirtió en la gran potencia industrial del planeta. Producía y exportaba al mundo un montón de manufacturas, de productos industriales. Eso hizo de Gran Bretaña el país más rico y poderoso, con la mayor marina mercante y la mayor armada. El Imperio Británico llegó así a tener una enorme cantidad de colonias en los cinco continentes: India, Canadá, Australia, Sudáfrica, Gibraltar, etc.
Con el paso del tiempo, la Revolución Industrial se fue expandiendo a otros países de Europa occidental, como Bélgica, Francia y Alemania. Después también llegó a Estados Unidos. Pero hasta fines del siglo XIX, Gran Bretaña fue la potencia industrial líder del mundo.
Otra novedad importante de la Revolución Industrial fue el desarrollo del ferrocarril, de los trenes. El ferrocarril fue la aplicación de la máquina de vapor al transporte terrestre. Los trenes permitían trasladar personas y productos en mayor cantidad, más rápido y más barato que las carretas o las mulas. También surgieron barcos a vapor, hechos en hierro, que permitían recorrer los ríos y los mares en menor tiempo y menor costo, con una capacidad de carga muy superior a los viejos barcos a vela de madera. Además, eran más seguros y regulares en su servicio. Los ferrocarriles y la navegación a vapor nacieron en Inglaterra, pero rápidamente se difundieron por todo el mundo, revolucionando el transporte, la economía y la vida cotidiana de la gente.
Junto a sus manufacturas, Inglaterra exportó también sus ferrocarriles, y con ellos, tiempo después, un deporte nuevo muy raro, que se jugaba con los pies en vez de con las manos: el fútbol. La expansión mundial del fútbol está muy ligada a la expansión de los ferrocarriles ingleses. En Argentina, muchos clubes tienen un origen ferroviario asociado a Gran Bretaña: Ferro, Rosario Central, Talleres de Córdoba, etc. El fútbol fue introducido en Argentina por los empleados y técnicos de las empresas británicas de trenes y tranvías.
A nivel social, surgieron dos clases. De un lado, la burguesía, los empresarios industriales, los dueños de las fábricas, una minoría inmensamente rica y poderosa. Del otro lado, el proletariado, la clase obrera o trabajadora, la mayoría de la sociedad, personas muy pobres que debían trabajar en las fábricas, bajo condiciones muy duras, a cambio de bajos salarios para poder vivir. Esta sociedad industrial dividida en dos grandes clases sociales es lo que se conoce como sociedad capitalista. Esta división social muchas veces se expresó en el fútbol. Por ejemplo, la rivalidad en Madrid, la capital de España, entre el Atlético y el Real. El Atlético Madrid nació como el equipo proletario, el equipo más popular y humilde, de la clase obrera. En cambio, el Real Madrid era un club más burgués, asociado a la clase alta.
Al principio, la única sociedad capitalista del mundo era la inglesa. Pero con el tiempo, a medida que la Revolución Industrial se iba expandiendo (eso ocurrió a lo largo del siglo XIX), otras sociedades europeas y del mundo se fueron volviendo capitalistas: Francia, Alemania, Estados Unidos, Japón, el norte de Italia, algunas zonas de Rusia… También Argentina. Eso se vio reflejado en el fútbol, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. Empezaron a surgir otras ligas nacionales poderosas, como la de Italia, Alemania, Brasil… Surgen la Juventus y el Milan, el Bayern Munich y el Borussia Dortmund, el Barcelona, el São Paulo y el Grêmio de Porto Alegre, Peñarol y Nacional de Montevideo, River y Boca… El fútbol se fue internacionalizando, al igual que el capitalismo industrial. Dejó de ser algo exclusivo de Inglaterra. Eso desembocó finalmente en la creación de la FIFA.
La sociedad capitalista, con su progreso industrial acelerado, trajo mucha riqueza para unos pocos, al mismo tiempo que mucha pobreza para la mayoría. Esta desigualdad, esta injusticia, ha generado siempre un alto nivel de conflictividad social: huelgas, protestas, rebeliones, revoluciones, etc.
En este siglo XXI, seguimos viviendo en una sociedad capitalista, en un mundo capitalista. Eso significa que vivimos en una economía basada en la propiedad privada, el mercado, la producción industrial, la tecnología científica, la acumulación de capitales y el trabajo asalariado. Casi todos los países del planeta son capitalistas, incluyendo los más poderosos: Estados Unidos (la mayor potencia mundial), China (que se le acerca cada vez más), Rusia, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Australia, Canadá, España, India, Brasil, Sudáfrica, México, etc.
Volviendo una vez más a la Revolución Industrial y los orígenes del fútbol en la Inglaterra victoriana, señalemos como digresión que existe una magnífica miniserie británica al respecto: The English Game, que en los países de habla castellana se ha popularizado bajo el nombre de Un juego de caballeros. Fue creada por Julian Fellowes, Tony Charles y Oliver Cotton, con dirección de Birgitte Stærmose y Tim Fywell. Consta de seis episodios. Muy buena trama, excelentes diálogos y actuaciones, gran belleza visual, fuerza dramática, rigurosa reconstrucción histórica… Con un reparto de lujo: Edward Holcroft, Kevin Guthrie, Charlotte Hope, Niamh Walsh, Craig Parkinson, James Harkness y Ben Batt. Altamente recomendable. Da cuenta con mucha perspicacia de cómo el fútbol británico fue, en su génesis, una potente caja de resonancia para las tensiones materiales e ideológicas de la sociedad industrial victoriana: amateurismo aristocrático vs. amateurismo proletario, mercantilización y esponsorización capitalistas, cultura de masas, viejo amateurismo vs. nuevo profesionalismo, etc.
«The English Game» se estrenó en Netflix el 20 de marzo de 2020
La Revolución Francesa y la Independencia de América
Veamos ahora el otro gran proceso histórico que creó el mundo contemporáneo, nuestro mundo: la Revolución Francesa. Empezó en 1789, con la toma de la Bastilla (una revuelta popular en París, la capital de Francia), y concluyó en 1799, cuando Napoleón Bonaparte dio un golpe de estado y se convirtió en dictador. El proceso duró 10 años, aunque para 1795 (Termidor) ya casi se había agotado.
La Revolución Francesa se inspiró en la Ilustración, en las Luces, en el iluminismo. Hablamos de la filosofía racionalista de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y otros pensadores del siglo XVIII, mayormente franceses. Era una filosofía basada en la razón individual, no en la tradición comunitaria. Los filósofos ilustrados tenían ideas muy novedosas para su época, muy revolucionarias, que chocaban con lo que estaba vigente desde hacía mucho tiempo.
«La Libertado guiando al pueblo». Autor: Eugène Delacroix
¿Cuáles eran las nuevas ideas de la Ilustración? Libertad, igualdad, ciudadanía, soberanía popular, república (o monarquía parlamentaria), libre mercado, progreso científico-tecnológico… Incluso, algunos filósofos ilustrados llegaron a plantear la democracia, y la necesidad de que el Estado fuera laico, o sea, totalmente independiente de la Iglesia.
En esa época, lo que prevalecía en Europa y el resto del mundo era el absolutismo monárquico: países gobernados por reyes hereditarios que tenían un poder absoluto, donde no había libertad de expresión, donde el pueblo no era soberano, donde no existía la igualdad ante la ley, donde la nobleza y el clero (los sacerdotes) tenían un montón de privilegios, donde la gente común no tenía derechos civiles ni políticos… A esa sociedad tan opresiva o tiránica, tan desigual e injusta, se la llama Ancien Régime (Antiguo Régimen).
La Revolución Francesa fue como un terremoto, un tsunami que destruyó el Antiguo Régimen y que trató de poner en práctica las nuevas ideas de la Ilustración. El rey de Francia murió en la guillotina. Los nobles y sacerdotes se quedaron sin privilegios, y muchos debieron huir del país. Se proclamó la República, tras un breve paréntesis de monarquía constitucional. Se declaró la libertad e igualdad. El pueblo francés se hizo soberano. Ya no había súbditos, sino ciudadanos, personas libres e iguales, personas con derechos, que elegían a sus gobernantes. En la práctica, las cosas no fueron tan idílicas, desde luego. Por ejemplo, las mujeres francesas siguieron excluidas de la ciudadanía, la riqueza continuó concentrada en pocas manos y Francia se empeñó en conservar sus colonias de ultramar: Santo Domingo, Guadalupe, Martinica, Guayana Francesa, Senegal, Mauricio, Seychelles, etc. Así y todo, hubo avances importantes que no debieran ser subestimados con ligereza.
Hubo un país que se adelantó a toda esta catarata de cambios: Norteamérica, que en 1776 (trece años antes que la Revolución Francesa) se independizó del rey de Inglaterra y se convirtió en una república democrática: Estados Unidos, el primer país independiente de nuestro continente (aunque también allí subsistiría la esclavitud). Pero a nivel mundial, la independencia norteamericana no fue tan importante como la Revolución Francesa, y por eso tradicionalmente se ha considerado que la edad contemporánea nace en 1789, y no en 1776.
La Revolución Francesa tuvo un efecto dominó en gran parte del planeta. Muchos pueblos europeos y americanos trataron de imitar al pueblo francés, o sea, trataron de poner en práctica las nuevas ideas de la Ilustración. Napoleón, un gran general y gobernante que tuvo Francia, conquistó la mayoría de los países de Europa, destruyendo el Antiguo Régimen y propagando la Revolución. Aunque era muy autoritario, hizo muchas reformas positivas, que modernizaron a Francia y gran parte de Europa (por ej., prohibió la Inquisición y abolió la servidumbre).
Uno de los países invadidos por Napoleón fue España, cuyo rey, Fernando VII, fue capturado y encerrado en prisión. España tenía en ese entonces un montón de colonias en América: México, Cuba, Venezuela, Perú, Chile… También controlaba el Virreinato del Río de la Plata, que abarcaba los territorios de lo que hoy son Argentina, Uruguay, Bolivia, Paraguay, norte de Chile y parte del sur de Brasil. Cuando el rey de España cayó prisionero, las colonias americanas se negaron a obedecer al gobernante «títere» de Napoleón, su hermano José. ¿Qué hicieron entonces? Empezaron a crear gobiernos propios, autónomos. Se suponía que eran gobiernos provisorios, transitorios, que durarían hasta que Fernando VII recuperara el trono de España. Esos gobiernos «suplentes» se llamaban juntas. Surgió una junta en Caracas, otra en Santiago de Chile, otra en Guayaquil, etc.
En el Río de la Plata también se dio todo este aluvión político: la Revolución de Mayo, de 1810. El virrey español fue destituido, y la población criolla eligió un gobierno propio, autónomo: la famosa Primera Junta, con Mariano Moreno, Manuel Belgrano, etc. Teóricamente, la Junta gobernaría hasta que el rey de España recobrara su libertad. En la práctica, sin embargo, el panorama no era tan claro, tan simple… El nuevo gobierno empezó a hacer muchas reformas y cambios revolucionarios, inspirándose en la Revolución Francesa y la Independencia norteamericana: libertad de expresión, igualdad ante la ley, fin del monopolio español, libertad de vientres, etc.
Como podrán imaginarse, a los españoles europeos no les hizo ninguna gracia todo eso. De golpe, perdieron su poder y sus privilegios. ¿Qué hicieron? Se opusieron encarnizadamente a los cambios, tanto en el Río de la Plata como en el resto de Hispanoamérica. Eso dio origen a una guerra larga y sangrienta, que fue más una guerra civil que una guerra exterior.
El conflicto empeoró hacia 1814, cuando España logró expulsar a los invasores franceses y Fernando VII volvió al trono. Porque las colonias americanas no quisieron renunciar a los derechos y las libertades que habían conseguido desde 1810. Quisieron mantener su autonomía, a la que se habían acostumbrado y apreciaban mucho. El rey de España, furioso, ordenó castigar a los criollos rebeldes y envió más tropas a América para derrotarlos. Ante esa situación, los países hispanoamericanos fueron poco a poco declarando formalmente, de manera oficial, su independencia total de España. El Río de la Plata lo hizo el 9 de julio de 1816, en el famoso Congreso de Tucumán.
Más allá de sus logros a corto plazo, el intento español de reconquistar sus colonias americanas fracasó totalmente. Los países criollos supieron crear ejércitos propios muy poderosos. San Martín desde el sur (Río de la Plata) y Bolívar desde el norte (Venezuela) fueron gradualmente venciendo y desalojando a los realistas, en un movimiento de tenazas que convergió en Perú, el último gran reducto godo en Sudamérica. En 1824, se libran dos batallas decisivas en los Andes centrales: Junín, el 6 de agosto; y Ayacucho, el 9 de diciembre. Esta doble victoria de Bolívar y Sucre en la sierra asegura la independencia del Bajo Perú y abre las puertas del Alto Perú, que muy pronto también es liberado.
Batalla de Ayacucho. Autora: Teófila Aguirre
Hacia 1825, toda la América del Sur española era independiente, con excepción de dos minúsculos enclaves en el Pacífico: el puerto de El Callao en Perú, cerca de Lima, y el archipiélago de Chiloé en la Patagonia trasandina.
Casi todos los países criollos dejaron de ser colonias del rey de España y se convirtieron –de inmediato o a poco andar– en repúblicas: México, Colombia, Chile, Bolivia, etc. Así nació también Argentina, aunque durante varios años no se llamó así, sino Provincias Unidas del Río de la Plata. También Brasil se independizó, aunque no de España sino de Portugal, adoptando de forma bastante duradera (67 años, 1822-1889) el régimen monárquico. Las únicas posesiones de ultramar que el Imperio Español retuvo en nuestro continente después de que, a comienzos de 1826, se rindieran los últimos bastiones realistas sudamericanos de El Callao y Chiloé, fueron las islas caribeñas de Cuba, Puerto Rico y –con grandes intermitencias– la mitad oriental de La Española, es decir, Santo Domingo (hoy República Dominicana).