CALLE LITERATURA | Verónica Cornú – Revista Kilómetro Cero
Media Verónica despierta
le molesto la luna
por la ventana abierta
«Media Verónica»
Andrés Calamaro
No somos medias naranjas, estamos enteros pero también un poco rotos. A veces nos movemos por el mundo como media parte de nosotros, porque la otra hecha añicos nos espera en el fondo del espejo. Vero escribe porque la hace libre y yo pienso en el derecho a la escritura que tenemos como sujetos «sujetados» a un orden, a una norma, a una regla ortográfica.
Vero no está rodeada de letras; sin embargo, ellas la llaman para que las desordene en sus notas. Sor Juana, con sus poesías, también le desordenó la vida. La monja poetisa, con sus retruécanos y oscuridad, dio una chispa de luz en su escritura.
Les invito a visitar su blog, un espacio donde su amor por el orden y el caos tienen un lugar.

Se quedó
Se quedó, no se movió el abrigo, ni la cartera, ni la copa de vino. Se quedó y sucedió todo lo que podría haber sucedido. La página en blanco siguió vacía, el silencio le abrazó el paréntesis de la boca llena del otro paréntesis, tan parecido. Se quedó y velaron la noche los platos sucios, la copa rota, el silencio de los cristales en el cuarto contiguo. Nadie puso llave. Nadie arrancó ningún motor. No llegó ningún mensaje. No hubo piyama ni frío, ni velador hasta mañana, ni esta pared de enfrente llena de sus ojos fijos.Busqué un rincón donde quedarme. Los encontré todos. Estaba respirándome su aire pero algo de esta inercia me apretó los codos. De pronto, galopando en el pasillo, los zapatos tienen tapones, piedras en los bolsillos. Cinco dedos apretando el picaporte, cuatro perros ladrando, tres colillas, dos abrigos. Ensayando cómo hablar toda la vida y este inútil paréntesis inerte me tira de los ojos hasta el piso y olvida conjugar la despedida. La llave del auto tira del gatillo. La bala, una pared en blanco.
La muerte, una copa menos de vino.
Ningún momento es ahora
Ningún momento es ahora sumergida en este espacio al que abordamos sin tiempo. Flotan a la deriva el pasado y el presente y no hay futuro a barlovento. Tu boca se ancla de todo, ya no hay aire, sólo respiro tus besos. Mi brújula ha encallado, tu ombligo es la escotilla, el mástil no está en el barco y ya no hay norte, no hay ni puntos cardinales. Confundo las dimensiones, busco el mapa de tus ojos y ahí me encuentro, buceándote en los rincones. Me sumerjo entre tus manos navías que se mezclan con las mías en el mar de los espejos y ahora abajo es arriba, y no sé si tus costados son izquierdos o derechos. Se hunden la proa en la popa en perfecta sincronía, y navegamos sin rumbo y sin tierra y sin mareas y sin estrellas guías, y sin embargo están llenas de muelles que me amarran tus orillas. Se me escapa la vida unos segundos y después de la muerte,
me has salvado la vida.
No fue necesario
No fue necesario tu permiso ni tu consentimiento. En un bache de razón se instaló tu gesto, eterno, y quedaron tus estrellas fugaces perfumando mi pañuelo. Tu nieve cayó en mi primavera y ahora, niebla en mi pensamiento. No sé qué siento: calor del milagro de tus ojos fugaces o frío del temor desarmándome la flores. Ya tenía mi imperio colorido y de nuevo el lienzo sin colores. Tus pasos en la tierra y cambia todo. El aire se separa y llueve tiempo y llueve historia y todos mis momentos. La tierra se abre ante tu juicio final, y busco el salvavidas que me ahoga otra vez en el prejuicio
de la nieve fugaz de tus estrellas.