Una Aquarela del Sol – Revista Kilómetro Cero
Eran las 9:30 am del sábado 14 de noviembre y por aquí en Los Teques, Hely, Solange, Marlene y yo andábamos corriendo a ver si nos conectábamos con Berlín… primero, porque habíamos sido invitados por mi amigo Iñaki a la presentación del libro de una poeta venezolana, Aquarela del Sol Padilla, y podíamos sumarnos a la conversa sobre ese tema nuevo y doliente que es la diáspora; segundo, porque era una oportunidad especial para coincidir en Zoom y saludarnos en una tertulia literaria en medio de la distancia impuesta por la pandemia y la migración de los amigos que ahora viven dispersos por la geografía mundial; y tercero, porque era la excusa perfecta para poner en contacto a la gente de la Librería La Escalera y la revista Desbandada con los panas de la Revista Kilómetro Cero que sacan Reinaldo, Mayrin y su combo por allá por San Rafael, en la provincia de Mendoza, Argentina… Yo gravitaba en medio de ambas ilusiones, remandando el enlace y el código y rogando que no se fuera la luz… Lo cierto es que no logramos el cometido…y como nos quedamos con los crespos hechos, como decimos aquí en Venezuela, Iñaki y yo consideramos que sigue siendo importante reseñar el trabajo literario de Aquarela, y sigue siendo tentador iniciar los contactos de ambas revistas para organizar futuras lecturas poéticas a ambos lados del Atlántico…
He aquí al Sol, perdón, a Aquarela:
Caraqueñabarquisimetana, al igual que muchos otros guaros y guaras que comparten su vida entre el queso ‘e chivo, el golpe larense y la movida vida del estudiante que llega a Caracas a trajinar anhelos entre luces de neón, Aquarela del Sol Padilla llegó a la capital trayendo consigo una sensibilidad de artista pródigamente abonada en familia: es poeta, fotógrafa, música, sabe de cine, de teatro y de artes plásticas; además, es una militante de los sueños… y es que no podía ser de otra manera, porque desde la misma concepción de su nombre, la niña fue dotada de un prisma luminoso y multicolor que le fue afinando la mirada.
Desde hace unos años emigró a Alemania y la experiencia la ha llevado a hacerse de nuevo las mismas preguntas existenciales con las que comenzó su proceso creador a los 15 años… solo que esta vez, las respuestas van a llegar en otro idioma, desde otra realidad cultural y en medio del arraigo-desarraigo de lo hallado y lo perdido; eso que rescata la memoria de lo que somos/fuimos para seguir de pie en el desafío de vivir edificando una existencia “otra” que, aunque es la misma, a veces puede sentirse desmantelada en el invierno, repleta en primavera, asfixiada en verano o expectante en otoño.
Ella, Aquarela, la del Sol, tiene un verso afilado y profundo como sus ojos. Escribe una poesía propia de quien porta un alma vieja, cuya madurez de lenguaje contrasta con su lozanía y frescura.
El don de la luz solar la transfigura en su búsqueda de significantes. Su grito, doliente y terrenal, nos llega marcado por viejas huellas… es el grito-lamento que le recuerda su condición de trashumante, que palpita recio como su fe o como su desilusión… ella, poeta de fin de siglo, sabe de la máscara, sabe de su voz descalza, sabe de intemperies y sabe del miedo que da sentir miedo en un idioma extraño…
Ella, Aquarela, animal solar, hija del Sur, pasea sus dos estaciones tropicales por la estación central de Hannover, sube su ansiedad y su alegría, palpitando en su corazón como sístole y diástole, al metro de la ciudad, viste sus pupilas con las flores de los jardines de Herrenhausenn para olvidar las montañas de Cubiro, las fiestas de Sanare, la rampa de la Escuela de Letras de la UCV, la salsa brava… Yo creo que sigue creyendo en la utopía, tal vez por eso no ha dejado de caminar, ni de escribir…

De Animal Solar
I
Un trozo de mundo se abrió para dejar pasar el ruido, la cercanía de lo hueco. En ese mismo gramo de silencio estabas tú, tenías entre los labios la palabra exacta, atrapada.
Eras para entonces todos los hombres. El campo habitado de la soledad. La huella dejada en la espesura del otro. Peso de la resurrección. Peso de la muerte. Peso del olvido.
II
Necesito decirlo todo. Quedar hueca como mar de saqueo. En esa absoluta dispersión de lo profundo. Dejar ir todos los granos que se abrieron en cada uno de mis dedos. Minar las piernas del pan que ahora falta, de la ruina que es abrir el día sin tu cuerpo. Necesito decirlo todo. Fui lanzando claves al aire, para hablarte al oído, para acompañar el sonido tu respiración. Nada fue suficiente.
III
Me he lavado el cuerpo, he rasgado la piel contra la piedra. En un ojo miré el claro y le quise poner nombre a todas las cosas. He lavado mis manos, las dejé sin rostro. A cada pie le hice agujeros y los puse a andar. Les hablé de la tierra para que se extraviaran, para que fueran a buscarte sin mí. Para que supieran de tu tiempo. Ellos que no tienen memoria, que no se duelen la sangre circulando, la boca, el hastío. Ellos que también amarían.
IV
Sin secreto he escrito desde ti. He escrito para la sombra y he mirado la luz que suele acompañarte. La ruina y la masa, el porvenir y la guerra. El duelo de la mujer que fuí, el tiempo de mi niñez, el dormir de mi hija y su fiebre de 39. Sin secreto he dado otras formas a la imagen que guardo de la ternura con que despiertas, al hilo fino que adherí a tu desnudez.
V
Las esquinas de -esta casa- están gastadas, como gastadas están las figuras que la habitan. -Esta casa- suele partirse en mí cada vez que vuelves, y haces la fiesta de la esperanza en el pecho. -Esta casa- sonora de argumentos, de gritos, -esta casa- que son los niños que adentro cantan. -Esta casa- que olvida nombrar lo importante. -Esta casa que teme-. Que se amplía diagonal al aire, que entra en los pulmones, que se llena de ventanas oxidadas, de sagradas banderas. -Esta casa- que se ahoga y se naufraga cuando cierras la puerta. Cuando dejas en el suelo sólo el eco de tus palabras. Cuando dudas y no miras la explosión silenciosa que a tu espalda se calcula mortal, mía.
VIII
Elegía para un olvido
Fui la carne y la sombra. Fui mi parto. Mi llanto. La calma que armé esta mañana frente a un espejo propio. Cultivé la gracia de los soles y le puse fecha a mi muerte. Cargué conmigo paisajes más profundos, andares más sonantes. Escupí sobre la tumba de los ejecutantes, sobre la tierra compartida. Huí y cambié de cuerpo, me partí a dos mitades con el tiempo. Soñé diseccionada la ruina de mi generación. Amé el ruido con que se pronuncian los nombres. Dejé partir a un hijo por pura convicción y aún lo recuerdo.
Así me hice un signo para sobrevivir. Abajo dejé la fe sobre un suelo que no habla, que no cura, que no canta. Tengo memoria, guardo mis muertos en cada mano, en cada estocada de luz.
XI
Ya no me escapo de ciertas palabras. Desde un ombligo el cielo se hace sórdido. Gráfica de la ciudad insomne. A veces una cree que está dentro cuando estalla. El desamor va atado de las patas de un pájaro. Pareciera que nada se hila para hacerse junto. Viene el dolor y se acuesta en la carne, muta en órgano, en rugido, en esta tarde. A veces una cree que una palabra es una promesa, que todo lo que se avanza de un pie al que le sigue será otro día, otra suerte. No me escapo de ciertas palabras, cierro puertas a la espalda para que el mar no entre completo, no se lleve en resaca el poco cuerpo, la sabia única que aún respira.
XII
Átomo de guerra y nacimiento
Nadie nombrará la ternura con que algunas palabras fueron hechas
y ese desdoblamiento en la carne es un signo para ti
Nadie nombrará la manera en que imaginamos que morimos todos los días no hay tiempo para perder los brazos y esa es mi condena güiro y sangre son ahora los pájaros que te comes
su nudo de plumas